Ir a la Universidad

Sobre la “Generación mimada” o “Los estudiantes eunucos”

Enseñanza en el colegio

Imagen del libro The Dramatic Method of Teaching (1912) por Harriet Finlay-Johnson.

Gracias a un lista de correos me llegó una invitación general a debatir la situación actual de los estudiantes universitarios, motivada por una columna publicada en El País de España titulada “El estudiante eunuco”. En realidad, el autor basaba la mayoría de sus opiniones en un artículo extenso publicado en The Atlantic, en el cual se exponen detalladamente algunas de las principales dificultades que están presentando las universidades norteamericanas con la hipersensibilidad de los estudiantes universitarios frente a comentarios y actitudes de profesores, compañeros y administrativos, así como de los contenidos de programas de estudio.

En términos generales, los puntos centrales del artículo “The Coddling of the American Mind” en The Atlantic, describe cómo a partir de los años 80 se han promovido en la educación superior estadounidense “métodos” para evitar el acoso, los discursos de odio y la discriminación, por medio de los cuales se ha creado una amenaza para la libertad de expresión: un conferencista, la lectura de un libro en un lugar público o hasta una mascota puede ser motivo de despido o de amenazas por quienes se sienten amenazados.

Sin embargo no considero que esta sea la situación general de las universidades colombianas. Me llama la atención, no obstante, que en el espacio del debate y en otras muchas discusiones he oído reiteradamente la queja de que los estudiantes “de ahora” son mimados, no se esfuerzan y sienten que todo lo que no les gusta es un atentado contra su dignidad.

Si bien esta hipersensibilidad es bien conocida ya desde la educación básica, en realidad, como dicen algunos de los comentaristas, no es única responsabilidad de los estudiantes. Creo que en muchos de los casos la educación superior no se trata de comodidad para muchos de los que se matriculan. Es cierto que existe un concepto mercantilista de la educación tanto de alumnos como de directivas (“para eso le pago”, “procure que los estudiantes no pierdan la materia”, “si no le gusta váyase, que hay una fila detrás suyo esperando por el puesto”, etc.), pero también hay muchas situaciones que seguramente muchos profesores hemos tenido que enfrentar durante nuestra carrera profesional: estudiantes que llevan sus hijos a clase, alumnas que se ausentan porque el esposo les pegó, excelentes estudiantes que aguantan todo el día insultos –nuestros, por cierto- en su trabajo en los call center de bancos y empresas de telefonía y televisión por cable.

Creo que muchos de ellos no son estudiantes mimados. Son personas que necesitan terminar su carrera para que no los echen de sus trabajos, para conseguir mejores salarios y para que las empresas de crédito no los multen aún más por el incumplimiento de sus compromisos.

Ahora, tampoco concuerdo con decir que la actitud acomodada de muchos otros estudiantes es culpa de ellos y de sus padres temerosos que todo lo solucionan con un celular nuevo o un viaje a París. Nuestra labor como docentes es promover las habilidades del pensamiento y sobre todo el pensamiento crítico. Crear espacios de discusión, invitar a la reflexión y a la responsabilidad, así como a que los alumnos asuman posturas sobre su función social como futuros profesionales.

Sin embargo, me encuentro también con que en ocasiones nuestras acciones contradicen nuestras palabras. Nos quejamos constantemente de nuestro empleos mal (o pésimamente) pagos y de la carga administrativa y burocrática, pero los aceptamos y peor aún, nos quedamos por largas temporadas; criticamos la incapacidad de los estudiantes de formular problemas de investigación o ensayos coherentes, pero preferimos culpar al mal colegio en el que estudiaron, a dedicar 2 o 3 sesiones a explicar las normas ortográficas, la importancia de las citas o la manera de estructurar un texto.

Aún más, una de las mayores muestras de esta situación de “maestros eunucos” es la progresiva servidumbre que hemos desarrollado por los sistemas de medición, los rankings y la indexación. Yo misma estoy constreñida en este momento a ello, con el fin de poder condonar mi deuda doctoral con Colciencias. El año pasado el grupo de investigación Historia y Literatura de la Universidad Nacional de Colombia promovió un debate sobre el problema de la medición de los grupos de investigación en las humanidades y las ciencias sociales. Muchos otros grupos en el país se unieron a la discusión y decidieron no presentarse a la convocatoria 639 de 2014 de Colciencias, pero otros sí lo hicieron. Y aunque no me compete establecer sus razones, supe que en la universidad en la que estudié mi doctorado, el mandato de las altas esferas fue que los grupos sí se presentaran y sospecho que tiene que ver más con el ranking que con la convicción de que los criterios de medición de Colciencias son acertados.

Me sorprendió sobremanera ver que el grupo al que estaba vinculada ni siquiera propuso un debate entre los integrantes (o al menos a mí no me invitaron), sabiendo que (o precisamente porque) la producción científica de este grupo no ha salido del equipo mismo sino de trabajos de investigaciones individuales.

Según la revista Arcadia, citando al subdirector de Colciencias Alejandro Olaya, “esta convocatoria recibió 3.898 grupos, 1.198 de las ciencias sociales y 289 de las humanidades”. Lo que significa que el debate promovido por la Universidad Nacional tuvo incidencia, pero muchos grupos continuaron acogiéndose a los criterios de evaluación de ciencia y tecnología para áreas de ciencias sociales y humanas.

Al parecer, entonces, los “estudiantes eunucos” aprenden también de algunos “profesores eunucos” que no somos capaces de renunciar a ciertos “privilegios/requisitos” (que en muchos casos ni siquiera sirven para ganar más de 15 dólares la hora cátedra) como el puntaje de la hoja de vida que monitorea Colciencias, para promover una transformación sobre la evaluación de la producción científica y académica en nuestras áreas de trabajo.

Reitero que no conozco los motivos por los cuales muchos profesores seguimos anclados al sistema educativo nacional e insistimos en quejarnos de él. Sin embargo creo que debemos complejizar el debate sobre los “alumnos mimados” que “ya no leen”, no se conmueven ante la realidad del país o se sienten ofendidos por las cosas que dice su profesor. La discusión tiene más caras y creo que es nuestro deber no dejarlas de lado.

Un dilema

Novelas de Charles Dickens

Imagen tomada de: The life and adventures of Nicholas Nickleby; The adventures of Oliver Twist / by Charles Dickens. London: Chapman and Hall, [1875?]

Situación actual

Escribiendo el segundo capítulo de mi tesis de doctorado.

Ubicación geográfica

Una universidad privada en el “país de las oportunidades”. Entre una biblioteca que nunca cierra y siempre está sucia, una biblioteca hermosa y llena de libros antiguos y otra biblioteca cómoda donde la gente estornuda.

Naturaleza del problema

El problema es complicado y a la vez sencillo. Estoy escribiendo sobre el comercio de los libros en Hispanoamérica en los siglos XVIII y XIX. Encuentro poca información para el segundo siglo (seguro no estoy buscando bien) y siento que mi capítulo está desbalanceado; tengo mucho sobre el siglo XVIII y poco sobre el XIX. De repente, encuentro en alguna página web dos artículos sobre los lugares donde se vendían libros y papeles en Lima en el siglo XIX. Y pienso: “esto es lo que necesito”.

Empiezo a leer y confirmo mi sospecha. Hay datos interesantes, aunque los artículos no parecen haber sido escritos por un investigador experto. No importa. Sus datos son útiles y de pronto me sirven para seguir el rastro que me llevará a mejores investigaciones.

Los artículos están firmados por una persona que denominaré el “señor Ñ”. El señor Ñ habla de libros, de libreros y de otras cosas relacionadas con mi tema. Busco su nombre en Google para saber si hay más trabajos escritos por él o citados por otros autores, pero lo que me encuentro son algunas noticias peruanas de hace alrededor de diez años.

Resulta que (presuntamente) el Señor Ñ, además de escribir artículos sobre la historia de la imprenta y de los libros en Lima, pertenecía a una red de contrabando de documentos antiguos.

Su función: escabullirse en el Archivo General del Perú, tomar documentos de altísimo valor histórico, y entregárselos a otra persona que los pone en venta en e-Bay por 30 euros (¡30 euros!). La prensa dice que, según lo denunció un informante de la institución, el Señor Ñ cambiaba los números de los folios escritos a lápiz en la esquina superior, para que la extracción no fuera evidente.

Esa es toda la información que logro encontrar del Señor Ñ, que ahora aparece en su Facebook posando cándidamente con sus estudiantes en algún colegio del Perú. No se sabe si lo condenaron, si la investigación continuó o si al menos se inició. Parece ser un episodio de El Proceso, aunque difícilmente creo que él sea un Joseph K.

El dilema

La información que el Señor Ñ provee en sus artículos es bastante útil. Estos dos valores me hacen pensar que no debería tener problema en citarlo en mi tesis. Sin embargo, después pienso: este señor (presuntamente) ha robado documentos invaluables para la cultura, el patrimonio y la historia. ¿Por qué no podría (presuntamente) haber robado también estas ideas de alguien más?

¿Debería yo darle crédito al Señor Ñ por sus “aportes” a la historia, cuando por otro lado (presuntamente) le ha hecho un daño de tal magnitud a la cultura? Como decimos en Colombia: este señor parece “borrar con el codo, lo que hizo con la mano”.

Recuerdo haber estado en discusiones de índole más o menos parecida, en las que se hablaba de qué tan importante es lo que haga una persona en su vida privada, para la consideración de su trabajo profesional. En términos generales, creería que los problemas legales de Woody Allen no deberían intervenir en la revisión de su trabajo como escritor y director cinematográfico. Sin embargo, creo que en el caso del “señor Ñ” se imbrican dos situaciones que tienen una misma naturaleza: la historia, la cultura y el patrimonio de un país.

Dado que tengo el privilegio de estar en un lugar en el cual comparto mesa y tiempo con otros investigadores, pensé en preguntarle al más experimentado de ellos: alguien que seguramente ya se había enfrentado con este y otro tipo de dilemas similares.

El profesor W retrasa su salida de un evento para escucharme. Le cuento la historia y el dilema y él me aconseja. Me dice: “los (presuntos) problemas legales de Ñ no tienen espacio en su tesis. Si los artículos de este señor no son buenos, hágalo notar en su investigación. Pregúntese cuáles son sus referencias, de dónde sacó esos datos. Si no puede responder a esa pregunta, ahí tiene un motivos para hacerle una crítica y dudar de su trabajo. Usted no sabe con certeza si esas acusaciones son reales. No puede tomarlas como hechos”.

También me recuerda, antes de que le comentara de qué época estamos hablando con el “señor Ñ”, que era costumbre de muchos “tomar prestados” documentos de bibliotecas y archivos para usarlos en sus investigaciones, y no devolverlos. Y me cita el ejemplo del bibliográfo chileno que tantas veces he consultado últimamente, José Toribio Medina (1852-1930).

Habla la experiencia.

“Sin embargo, es un problema complejo. Deberemos discutirlo con más profundidad”, me dice mientras se despide. “Es lo primero que se me ocurre, pero pensaré en ello”.

Este es mi dilema.

¿Qué pensarán mis colegas?

De doctores, doctorados y otras cosas de papel

Personas leyendo

Imagen tomada de: “The best family physician and household companion” (1889).

He tenido sentimientos encontrados tras leer la columna de Margarita Orozco en el portal web de la Revista Semana. Considero que toca aspectos fundamentales de la situación de los profesionales con posgrado en Colombia, tanto en lo que respecta a los salarios como en las perspectivas y posibilidades que existen para la investigación en universidades y otras instituciones.

Concuerdo con ella en que las acreditaciones se han convertido en una hidra inabarcable, empezando por los puntos que los profesionales deben acumular a punta de artículos, congresos y libros para poder clasificar a una entrevista de trabajo o a un concurso docente en una entidad pública.

Sin embargo creo que Margarita Orozco fue también algo condescendiente con la situación de los “doctores” (que no por tener un diploma de PhD deberían esperar que les llamen así). Por un lado, hay una intención de mostrar a quienes han obtenido un doctorado como víctimas de un sistema absorbente y macabro que los usa y les da poco para desarrollarse como investigadores.

Soy consciente de que quienes dedicamos varios años de nuestra vida a adquirir ese diploma hacemos sacrificios: vivimos con salario de estudiante entre los 18 y los 35 años, reducimos nuestras posibilidades laborales a unas cuantas universidades y en muchos casos ponemos en riesgo nuestras relaciones sentimentales: o la pareja o los libros. Ni hablar, por supuesto, de que las mujeres que quieren ser madres deben esperar hasta haber conseguido un trabajo estable después de más de 15 años de estudio, para empezar a contemplar la posibilidad de traer un hijo al mundo no con un pan, sino con un diploma de su progenitora bajo el brazo.

El hecho de tener un doctorado no nos hace mejores ni peores personas aunque sí nos da otras experiencias de vida. No creo que Colombia goce de un grupo numeroso de personas con doctorado buscando solucionar los problemas del país; por el contrario, veo cómo los títulos universitarios se sobrevaloran socialmente y una persona que tiene su diploma termina muchas veces convirtiéndose en lo que dice en ese pedazo de papel: “Hola, soy Lina, doctora en Historia”; “Mucho gusto, Antonio, Ph.D en Ingeniería biomédica”.

Yo misma muchas veces me sorprendo presentándome así (aunque aún estoy en la carrera por el pedazo de papel) y más ahora que estoy pasando unos meses de investigación en una universidad de Estados Unidos, donde los candidatos a doctorado valen por el asesor que tienen, por cómo están conectados y por los premios y financiaciones que han obtenido.

He tenido la fortuna de contar con grandes maestras/os que me han enseñado muchas cosas importantes para la vida. También me transmitieron su pasión por el conocimiento y la disciplina que se requiere para ser investigadora, además de que me han demostrado que se pueden hacer proyectos interesantes y propositivos cuando existen las ideas, la visión y la voluntad.

Sin embargo también me he topado con la otra cara, la que desprecia a sus colegas y sus trabajos, la que se cree mejor que los demás porque la invitan a dar charlas internacionales, la que cree que lo que está por fuera de la academia es la feria de la mediocridad o la que considera que los estudiantes en este país no tienen futuro.

Sin duda el gobierno debe prestarle más atención a la inversión en educación y hay que plantear un debate más participativo y profundo sobre lo que Colciencias considera investigación en este país, principalmente cuando se plantea bajo la perspectiva de la tecnología y la innovación.

He visto cómo muchos de nosotros renegamos del sistema educativo e investigativo en el país, pero nos unimos a sus filas  apenas nos graduamos. Criticamos las revistas académicas pero nuestras preocupaciones principales giran en torno a publicar en ellas y entre más internacional y prestigiosa, mejor.

Tener un diploma de cualquier grado nos confiere una responsabilidad importante en nuestra sociedad. El reto está en abrir otros espacios (que también pueden estar en las universidades) y arriesgarnos a hacer lo que no nos enseñan en los pregrados, maestrías, doctorados y posdoctorados: dejar de depender tanto de las instituciones y crear otras formas de construir y compartir lo que sabemos.

La solución a los problemas educativos y laborales en Colombia no está solo en manos de las instituciones que, como dice Margarita Orozco, aprovechan el escalafón de sus empleados para la presentación de Power Point y para los formularios ISO. El primer paso es dejar de sentirse un “doctor” solo por haber obtenido un diploma en la universidad.