Cosas de la vida

¿Me ayudas con este trabajito?

Astrid Lindgren

Recreación de la mesa de trabajo de la escritora sueca Astrid Lindgren (1907-2002), autora de la novela Pippi Medias Largas. Foto: Biblioteca Nacional de Suecia

Hace algunos días me encontré con un interesante debate que se creó en el Reino Unido a raíz de la renuncia del escritor británico Philip Pullman a participar en el Festival Literario de Oxford de 2016. Su principal argumento es la falta de pago a los autores invitados, siendo estos los únicos que no reciben dinero por su participación en la organización y ejecución de todo el Festival. Así, mientras publicistas, comunicadores, transportadores, técnicos, servicios de alimentación, hoteles y más sí cobran por su trabajo durante el evento, quienes son el centro de atención -los autores- trabajan pro bono.

Posteriormente otros 30 autores se unieron al boicot argumentando que resulta irónico que el festival se centre en las charlas y conferencias de los autores y no se reconozca esto como parte de su desempeño profesional.

Muchos de nosotros como humanistas, científicos sociales o artistas hemos tenido que enfrentarnos más de una vez a la idea de que como lo nuestro no se trata de programación, construcción de puentes, derecho privado, administración de empresas o entrenamiento personalizado, es algo fácil y rápido de hacer: “una bobadita”.

Por lo tanto, dar una charla sobre García Márquez o la Revolución mexicana, corregirle el informe al primo o “ayudarle” a alguien a escribir los textos del voucher de su empresa es algo casi obvio, un favor. De hecho, muchas personas se asombran y hasta se molestan de que a uno se le ocurra cobrar por el trabajo, pues es solo cuestión de compartir lo que uno ya sabe.

Los recursos más efectivos para lograr que alguien trabaje gratis suelen ser los diminutivos y el verbo “ayudar” o en su defecto “colaborar”:

– ¿Me podrías dar una charlita sobre la literatura colombiana? Es algo corto, sencillito, para un público no especializado…

– Estaba pensando en que podrías ayudarme con esta correccioncita. Es solo echarle una mirada a las 100 páginas.

– Como tú sabes mucho de este tema, ¿será que me puedes colaborar haciendo los textos de la presentación/voucher/campaña/exposición? Son corticos, menos de una página cada uno.

– Tú eres buenísima en eso de la bibliografía y yo no tengo ni idea, seguro me la revisas rapidísimo.

-Son una o dos foticos no más, algo que me sirva para la página web de la empresa.

Toda esta situación no es nueva ni tampoco responsabilidad de quienes tienen la plata y no quieren pagar. Ya desde hace muchos años, podríamos decir que desde principios del siglo XVIII, se ha discutido eso de que los autores merecen o no ganar dinero por lo que hacen. Y aunque parezca asombroso, la creencia que ha existido desde entonces es que la escritura y la creación son disciplinas elevadas, que alimentan el espíritu, por lo cual no debe cobrarse por ejercerlas.

En consecuencia, los humanistas, científicos sociales y artistas tampoco hemos aprendido a cobrar por nuestro trabajo, porque suponemos que es mayor ganancia que nuestro nombre quede impreso en algún afiche, postal, carátula, programación de evento, certificado, etc. a pesar de que no nos paguen por nuestros aportes y conocimiento.

Pensaría que la principal razón es (además de que son cosas elevadas y poco mundanas o son tan fáciles que “cualquiera” puede hacerlo) que nosotros mismos tenemos una falsa dicotomía entre el valor de nuestro trabajo y el mercantilismo. Como si cobrar fuera a disminuir la calidad de nuestro trabajo o ponerlo al nivel de una baratija creada en una maquila china.

Pensemos cuántas veces hemos trabajado gratis porque:

a) es un familiar/amigo y me da pena cobrarle (a pesar de que el trabajo es para su empresa o negocio)
b) es un trabajo cortico (que terminó durando una semana más las correcciones)
c) tengo algo de tiempo libre
e) si no lo hago gratis llaman a otro
d) seguro ya me conocen y la próxima vez que me llamen sí me pagan
f) ya había dictado la charla antes y por lo tanto no tuve que prepararla
g) ni siquiera le hice cambios a la imagen en Photoshop

Pero si calculamos cuántas horas, meses o años de nuestra vida nos hemos dedicado a conocer, entender y reflexionar sobre la literatura, la historia, la estética o la buena escritura, nos daremos cuenta de que en realidad ese tiempo fue una larga inversión para nosotros. Y aunque parezca sencilla la charla, el texto o la foto, el producto que uno ofrece ha sido preparado en realidad durante años de esfuerzo y disciplina. ¿Por qué, entonces, no creemos que eso merezca ser pagado y, aún más, bien pagado?

[Nota: Esto no significa que no crea en el trabajo voluntario. Lo he hecho por muchos años a sabiendas de que no recibo dinero por eso, pero también porque quienes me lo piden tampoco lo obtienen. Es una situación bastante más equilibrada.]

Para que se diviertan un rato, un video sobre cómo alguien les pide a no-humanistas que trabajen gratis mientras el solicitante decide si les paga para una próxima vez (también conocido como spec work). Creo que el dueño del restaurante griego sería un buen entrenador personalizado, ¿no?

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2010-2015: “El Doctorado”

Happy Mantra

Aunque ya está un poco gastada, esta es la camiseta que conseguí en agosto de 2014 en un mercado de granjeros.

2010-2015. Fueron cinco años que en este momento siento que pasaron muy rápido. Cursos sobre mapas del siglo XIX, sobre la relación entre los tamales y la revolución mexicana, sobre aves disecadas en museos de historia natural o sobre los uniformes de los juegos olímpicos y su relación con el nacionalismo.

Cinco años que en agosto de 2010 parecían infinitos, un camino sin recorrer y sin saber que los tamales tendrían alguna relación con la revolución mexicana. Y aún así, hoy, octubre de 2015, recibí un papel a manera de pergamino que me acredita como alguien que puede llegar a saber de esas cosas: de tamales, mapas y uniformes ideológicos para olimpíadas. Pero por favor, no me pregunten de eso, que de pronto tendré que mirar en Wikipedia.

Hace un año, en septiembre de 2014, mientras recorría con María Mercedes un mercado de granjeros en Providence, nos encontramos con un puesto en el que vendían camisetas. Todas tenían el mismo estampado. “¡Qué extraño!”, pensé, “el vendedor no está interesado en diversificar”. La camiseta, que aún conservo, dice: “Soy feliz, soy creadora, soy libre”. La compré como un suvenir, pero con el tiempo me he dado cuenta que es la perfecta definición de lo que soy y quiero seguir siendo: feliz, creadora y libre.

Volvamos a esas cosas que aprendí durante los 1.826 días en que estuve como estudiante del doctorado. A los días de emoción ante un manuscrito antiguo, ante el desasosiego de no entender conceptos y metodologías extrañas, a sentir que no sería capaz de terminar, a haber terminado. Todas las horas que pasé frente al computador, todas los nombres que encontré por primera vez y todas las visiones de mundo de mis compañeros y profesores parecían constituir el contenido de lo que se entiende por un doctorado. Pero ahora me doy cuenta de que no estudié para saber más, sino para descubrir lo infinita que es la capacidad de los seres humanos de crear cosas nuevas. De imaginarse el mundo de otra forma.

Este título que recibo hoy no me acredita, en realidad, como una “doctora en historia”. Es solo una prueba, como las hay de muchas otras formas y colores, de que viví conscientemente cada uno de esos 1.826 días, sintiendo que estaba donde tenía que estar, que estaba cumpliendo un sueño y que estaba asumiendo, con toda la responsabilidad que conlleva, las ganas de ser feliz, de crear y de ser libre. Sin embargo, el título que recibí hoy no es el fin de este camino, de ese anhelo.

Ahora más que nunca estoy convencida de que la felicidad significa hacer lo que quiero, de ser honesta conmigo misma y con quienes me rodean y de agradecer por las cosas más sencillas de la vida: por tener tanta gente con quien celebrar este día, por tener mi cuerpo completo, por tener un corazón, por querer aprender cosas nuevas, por adorar la comodidad de mi almohada, por sorprenderme con la idea de que una personita chiquita como Guadalupe tiene también sus propios horizontes y alegrías.

Mi veradero diploma es mi felicidad, mi libertad, mi capacidad de imaginar. Es este camino que recorro todos los días al lado de María Mercedes, de mi madre, mi padre y mis hermanos, mi familia política y extensa y este círculo enorme y diverso de amigos que me acompaña hoy. También de todas esas personitas chiquitas que van cruzándose en mi camino. Gracias por las palabras y las sonrisas que cada uno me ha dado en algún momento. Por saber perdonar mis ausencias e interesarse en mis libros raros del siglo XIX, por quererme con una mirada, una llamada o un silencio, por reírse conmigo de algo sin relevancia. Todos estos detalles son también piezas fundamentales de esto que celebramos hoy: la felicidad, la creación y la libertad.

Cómo cuidar los libros a pesar de las críticas

Como cuidar los libros

Así se ven mis libros cuando los transporto en un morral.

Desde 1995, cuando inició mi amistad con Juliana Martínez, he sostenido un vehemente debate con ella sobre la forma de tratar los libros. Ella, en medio de su voracidad lectora, se ha mantenido durante los últimos 19 años en su idea de que son herramientas de trabajo, y que por lo tanto es necesario exprimirlas hasta el cansancio.

Hubo una época en que yo subrayaba los libros con esfero, les hacía grandes señales al margen y los metía en mi maleta sin ninguna consideración. Tuve la fortuna de encontrarme, sin embargo, con Nicolás Vaughan, un ferviente amante de los libros y encuadernador (y músico) autodidacta. Él me enseñó algo que hasta el sol de hoy Juliana no ha logrado comprender: que para que los bordes y las esquinas de los libros no se ensucien, se doblen o se rompan, se pueden introducir en bolsas plásticas, preferiblemente de esas que se sellan al vacío.

Esto evita muchas situaciones incómodas (que son motivo de burlas hacia mi persona por parte de los maltratadores de libros): que se mojen cuando cae una de esas lluvias bogotanas, que se unten del gel antibacterial que se regó por toda la maleta y que las hojas se doblen (¡ay, horror!) porque la sombrilla se metió entre la página 115 y la 116.

Tuve una vez un libro nuevo de Felisberto Hernández que me regaló Astrid, una amiga querida. Fue un descubrimiento literario bello y emocionante. Una vez, un compañero de mi primer trabajo me pidió que le prestara algo bueno para leer. Yo, la ingenua, le presté aquel libro.

Él me decía que estaba disfrutando mucho la lectura y yo me pavoneaba por creer que le hacía un bien a la humanidad al poner en movimiento la buena literatura latinoamericana. Pero todo se vino abajo cuando, después de tres solicitudes, mi compañero decidió devolverme el libro. Estaba maltrecho y sucio, las esquinas ya no estaban en ángulo recto sino redondas y despeinadas y había huellas de que algún café había salpicado las hojas.

Por eso, cada vez que alguien me pedía prestado un libro desde entonces, le solicitaba encarecidamente que mientras no lo estuviera usando lo dejara en su habitáculo, la bolsa de plástico resellable. Así evitaríamos la inminente ruptura de una amistad.

De subrayar a estropear solo hay un paso

Por otro lado, Juliana y yo todavía discutimos sobre la manera como se deben subrayar los libros cuando estos constituyen la razón de ser de nuestras elecciones de vida: la docencia y la investigación en el mundo de las ciencias sociales.

Alguna vez un profesor de Literatura de la Universidad Nacional me dijo algo que se me grabó en la memoria: “No subrayo los libros porque si mis alumnos necesitan fotocopias después, solo van a leer lo que yo señalé durante mi lectura”. Cómo olvidar que en Colombia los libros cuestan entre 5 y 10 almuerzos universitarios y que el segundo nombre del estudiante es “fotocopia” (ya hablaré en alguna otra entrada sobre las fotocopias subrayadas que uno vuelve a subrayar con otro color).

Ahora subrayo los libros con lápiz B2, de mina suave, como pidiéndoles perdón por invadirles su territorio y abusar de los espacios entre cada renglón. Pasé de pintar asteriscos, flechas desesperadas y signos de interrogación, a dejar tímidos circulitos o rayas con la punta afilada del lápiz, con el terror de que algún día tenga que dejar una fotocopia y mis alumnos descubran qué fue lo que subrayé durante mi lectura.

Otro argumento para usar lápiz en vez de esfero (¡dios nos libre del resaltador verde o fucsia!) es conservar esa utópica idea de que algún día volveré a leer un libro y me avergonzaré de mis subrayados de épocas pasadas. ¿Cómo será releer Ana Karenina después de haberla rayado con esfero? Sé que querré tomar el borrador y quitarlos de mi vista para empezar de ceros.

Para la muestra, un rastro dejado en la novela de Tolstoi, en 2012 (a 22 años de edad):

Subrayado de Ana Karenina

Atención al tono existencialista y nadaista de mi subrayado universitario.

Esos subrayados de oraciones densas, existencialistas de los años de la carrera de Literatura se han convertido en subrayados de profesora que piensa: “mm… esta idea es interesante para planteársela a mis alumnos” o bien: “acá está lo que necesito para ese párrafo de la tesis”. No importa que sean libros teóricos sobre historia, el discurso literario o las memorias de una señora rusa cuyo nombre solo pueden pronunciar los de la editorial que la publicaron.

En últimas, aunque sigo subrayando los libros cuidadosamente, creo que cada oración que he marcado en mi vida ha estado pegada al momento histórico en que la leí. Eso sí, lo que no ha cambiado de ninguna manera es la forma como trato los libros, con la salvedad de que ahora ya no son míos sino casi siempre de las bibliotecas.

Ahora no compro tantos por varias razones: el dinero tiene otras prioridades, requiero de espacio para ubicarlos en mi apartamento, de tiempo para sacudirles el polvo y de muchas bolsas resellables para transportarlos de un lugar a otro.

Querida Juliana, la batalla por las esquinas son dobleces y los bordes limpios continúa. Ya veremos cómo cambia la discusión cuando solo tengamos e-books.