El ataúd va hacia arriba

This way up short film

Momento en que está a punto de empezar toda la aventura con el cadáver de la buena señora.

Hacer un corto animado sobre cómo un ataúd debe llegar a un cementerio no es cosa fácil, especialmente si se pretende que sea cómico. Tuve la suerte de encontrarme con un buen ejemplo de esto en Twitter, gracias a @BogoShorts.

Se trata de This Way Up (Este lado arriba), un corto de 2008 producido por la BBC y Nexus que fue nominado a un premio Oscar y recibió otros tantos en diferentes partes del mundo. Lo que más me gustó de esta pieza maravillosa que dura alrededor de 9 minutos, es la forma como Smith & Foulkes, los directores, crean un universo rutinario y gris ambientado con atmósfera lúgubre y tan propia de Edgar Allan Poe.

Lo que más sorprende, sin embargo, no es tanto la emoción de poder perder un ataúd por las desavenencias de la gravedad, sino que los personajes no hablan en ninguna ocasión y aún así uno logra crearse un panorama inmenso de lo que cada uno está diciendo. Sus gestos, el color pálido y casi ausente de sus rostros y la angustia de no cumplir con su trabajo lo hacen todo más interesante.

En suma, todo se centra en los detalles, en lo difícil de crear tantas posibilidades en medio de una paleta de grises y de dos personajes que en apariencia no tienen nada más que hacer que vivir en medio del aburrimiento de la muerte.

Me alegra encontrarme con películas como esta moviéndose por la red, porque me recuerdan que no todo hay que comprarlo en Netflix o en la televisión por cable. Es más, posiblemente por quedarse viendo Netflix, es que uno se pierde de la diversión que está en otra parte.

This Way Up from Nexus on Vimeo.

Cómo cuidar los libros a pesar de las críticas

Como cuidar los libros

Así se ven mis libros cuando los transporto en un morral.

Desde 1995, cuando inició mi amistad con Juliana Martínez, he sostenido un vehemente debate con ella sobre la forma de tratar los libros. Ella, en medio de su voracidad lectora, se ha mantenido durante los últimos 19 años en su idea de que son herramientas de trabajo, y que por lo tanto es necesario exprimirlas hasta el cansancio.

Hubo una época en que yo subrayaba los libros con esfero, les hacía grandes señales al margen y los metía en mi maleta sin ninguna consideración. Tuve la fortuna de encontrarme, sin embargo, con Nicolás Vaughan, un ferviente amante de los libros y encuadernador (y músico) autodidacta. Él me enseñó algo que hasta el sol de hoy Juliana no ha logrado comprender: que para que los bordes y las esquinas de los libros no se ensucien, se doblen o se rompan, se pueden introducir en bolsas plásticas, preferiblemente de esas que se sellan al vacío.

Esto evita muchas situaciones incómodas (que son motivo de burlas hacia mi persona por parte de los maltratadores de libros): que se mojen cuando cae una de esas lluvias bogotanas, que se unten del gel antibacterial que se regó por toda la maleta y que las hojas se doblen (¡ay, horror!) porque la sombrilla se metió entre la página 115 y la 116.

Tuve una vez un libro nuevo de Felisberto Hernández que me regaló Astrid, una amiga querida. Fue un descubrimiento literario bello y emocionante. Una vez, un compañero de mi primer trabajo me pidió que le prestara algo bueno para leer. Yo, la ingenua, le presté aquel libro.

Él me decía que estaba disfrutando mucho la lectura y yo me pavoneaba por creer que le hacía un bien a la humanidad al poner en movimiento la buena literatura latinoamericana. Pero todo se vino abajo cuando, después de tres solicitudes, mi compañero decidió devolverme el libro. Estaba maltrecho y sucio, las esquinas ya no estaban en ángulo recto sino redondas y despeinadas y había huellas de que algún café había salpicado las hojas.

Por eso, cada vez que alguien me pedía prestado un libro desde entonces, le solicitaba encarecidamente que mientras no lo estuviera usando lo dejara en su habitáculo, la bolsa de plástico resellable. Así evitaríamos la inminente ruptura de una amistad.

De subrayar a estropear solo hay un paso

Por otro lado, Juliana y yo todavía discutimos sobre la manera como se deben subrayar los libros cuando estos constituyen la razón de ser de nuestras elecciones de vida: la docencia y la investigación en el mundo de las ciencias sociales.

Alguna vez un profesor de Literatura de la Universidad Nacional me dijo algo que se me grabó en la memoria: “No subrayo los libros porque si mis alumnos necesitan fotocopias después, solo van a leer lo que yo señalé durante mi lectura”. Cómo olvidar que en Colombia los libros cuestan entre 5 y 10 almuerzos universitarios y que el segundo nombre del estudiante es “fotocopia” (ya hablaré en alguna otra entrada sobre las fotocopias subrayadas que uno vuelve a subrayar con otro color).

Ahora subrayo los libros con lápiz B2, de mina suave, como pidiéndoles perdón por invadirles su territorio y abusar de los espacios entre cada renglón. Pasé de pintar asteriscos, flechas desesperadas y signos de interrogación, a dejar tímidos circulitos o rayas con la punta afilada del lápiz, con el terror de que algún día tenga que dejar una fotocopia y mis alumnos descubran qué fue lo que subrayé durante mi lectura.

Otro argumento para usar lápiz en vez de esfero (¡dios nos libre del resaltador verde o fucsia!) es conservar esa utópica idea de que algún día volveré a leer un libro y me avergonzaré de mis subrayados de épocas pasadas. ¿Cómo será releer Ana Karenina después de haberla rayado con esfero? Sé que querré tomar el borrador y quitarlos de mi vista para empezar de ceros.

Para la muestra, un rastro dejado en la novela de Tolstoi, en 2012 (a 22 años de edad):

Subrayado de Ana Karenina

Atención al tono existencialista y nadaista de mi subrayado universitario.

Esos subrayados de oraciones densas, existencialistas de los años de la carrera de Literatura se han convertido en subrayados de profesora que piensa: “mm… esta idea es interesante para planteársela a mis alumnos” o bien: “acá está lo que necesito para ese párrafo de la tesis”. No importa que sean libros teóricos sobre historia, el discurso literario o las memorias de una señora rusa cuyo nombre solo pueden pronunciar los de la editorial que la publicaron.

En últimas, aunque sigo subrayando los libros cuidadosamente, creo que cada oración que he marcado en mi vida ha estado pegada al momento histórico en que la leí. Eso sí, lo que no ha cambiado de ninguna manera es la forma como trato los libros, con la salvedad de que ahora ya no son míos sino casi siempre de las bibliotecas.

Ahora no compro tantos por varias razones: el dinero tiene otras prioridades, requiero de espacio para ubicarlos en mi apartamento, de tiempo para sacudirles el polvo y de muchas bolsas resellables para transportarlos de un lugar a otro.

Querida Juliana, la batalla por las esquinas son dobleces y los bordes limpios continúa. Ya veremos cómo cambia la discusión cuando solo tengamos e-books.

Llegar a Ítaca

Constantino Kavafis

Constantino Kavafis, autor de “Ítaca”. Ilustración por: Néstor Priest.

Cuando estaba en mis últimos años de colegio, allá por el final del milenio, conocí a un poeta griego llamado Constantino Kavafis. Me lo presentó María Teresa, mi última profesora de español escolar. Por esos días tuve la oportunidad de ir a la Feria del Libro y, vaya casualidad, terminé comprando un libro de poemas de este autor.

Una de las composiciones que más me impresionó fue un poema llamado Itaca. En este, Kavafis toma el motivo del viaje, el mismo que emprendió Ulises al terminar la guerra de Troya para regresar a su hogar, la isla de Ítaca, para hacer un paralelo con la vida de los seres humanos comunes y corrientes. Para proponer que el destino de la vida no es la llegada a un punto final, sino todo lo que sucede mientras dura.

Pocos años después, cuando cursaba mi carrera de Estudios Literarios en la Universidad Nacional, le pasé este poema a un gran amigo, William A. Gómez, para compartirle algo de lo que más me gustaba leer. En ese momento no supe que William también se sintió atraído por el poema pues estaba estudiando griego, y que más adelante habría de usarlo en sus clases como profesor de historia del arte.

Cuento todo esto porque irónicamente el poema, William, Ítaca y yo quedamos conectados para siempre. El 2 de junio de 2010, a los 29 años, William murió apuñalado en medio de una calle a pocos metros de su casa. Me enteré por casualidad. Decidí entonces buscar en Facebook para saber si era cierto, si alguien podía desmentir esa información. Por el contrario, me encontré con fotos de él en diferentes momentos de su vida, con mensajes de despedida de sus amigos y con toda clase de recuerdos que empezaron a aparecer.

Entre ellos, un antiguo alumno suyo subió un audio a Youtube en el que se oye la voz de William leyéndoles un poema a sus estudiantes antes de terminar la clase. El poema es Ítaca, de Kavafis. Además de la sorpresa y de la nostalgia que esto me produjo, sentí la necesidad de volver a leerlo. Recordar por qué, en algún momento de mi vida, había creído que compartir este poema con un amigo me permitía enriquecer mi experiencia estética.

El poema habla del viaje. De Ítaca como un destino pero, sobretodo, como una razón para vivir. Desde ese momento, el día que encontré ese poema en la voz de un amigo que ya no está, decidí que mi camino sería el de Ulises. Llegar a Ítaca no me importaba tanto como vivir el viaje. Enfrentarme a los obstáculos de la vida. Caminar. Sentir. Compartir más. Escuchar. Seguro cuando llegue a Ítaca y William esté allá, me daré cuenta que las riquezas de la isla estaban en cada decisión que tomé.

Acá, ese pequeño recuerdo que guardo de William. El nuevo y amoroso motivo de mi viaje. Primero el texto, después el audio.

Ítaca

Cuando salgas de viaje para Ítaca,
desea que el camino sea largo,
colmado de aventuras, de experiencias colmado.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al irascible Posidón no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al fiero Posidón no encontrarás,
a no ser que los lleves ya en tu alma,
a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti.

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que –¡y con qué alegre placer!–
entres en puertos que ves por vez primera.
Detente en los mercados fenicios
para adquirir sus bellas mercancías,
madreperlas y nácares, ébanos y ámbares,
y voluptuosos perfumes de todas las clases,
todos los voluptuosos perfumes que te sean posibles.
Y vete a muchas ciudades de Egipto
y aprende, aprende de los sabios.

Mantén siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no tengas la menor prisa en tu viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que viejo al fin arribes a la isla.
Rico por todas las ganancias de tu viaje,
sin esperar que Ítaca te va a ofrecer riquezas.

Ítaca te ha dado un viaje hermoso.
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia,
ya habrás comprendido el significado de las Ítacas.

(Traducción: Ramón Irigoyen. Seix Barral, 1996)