Vida cotidiana

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¿Me ayudas con este trabajito?

Astrid Lindgren

Recreación de la mesa de trabajo de la escritora sueca Astrid Lindgren (1907-2002), autora de la novela Pippi Medias Largas. Foto: Biblioteca Nacional de Suecia

Hace algunos días me encontré con un interesante debate que se creó en el Reino Unido a raíz de la renuncia del escritor británico Philip Pullman a participar en el Festival Literario de Oxford de 2016. Su principal argumento es la falta de pago a los autores invitados, siendo estos los únicos que no reciben dinero por su participación en la organización y ejecución de todo el Festival. Así, mientras publicistas, comunicadores, transportadores, técnicos, servicios de alimentación, hoteles y más sí cobran por su trabajo durante el evento, quienes son el centro de atención -los autores- trabajan pro bono.

Posteriormente otros 30 autores se unieron al boicot argumentando que resulta irónico que el festival se centre en las charlas y conferencias de los autores y no se reconozca esto como parte de su desempeño profesional.

Muchos de nosotros como humanistas, científicos sociales o artistas hemos tenido que enfrentarnos más de una vez a la idea de que como lo nuestro no se trata de programación, construcción de puentes, derecho privado, administración de empresas o entrenamiento personalizado, es algo fácil y rápido de hacer: “una bobadita”.

Por lo tanto, dar una charla sobre García Márquez o la Revolución mexicana, corregirle el informe al primo o “ayudarle” a alguien a escribir los textos del voucher de su empresa es algo casi obvio, un favor. De hecho, muchas personas se asombran y hasta se molestan de que a uno se le ocurra cobrar por el trabajo, pues es solo cuestión de compartir lo que uno ya sabe.

Los recursos más efectivos para lograr que alguien trabaje gratis suelen ser los diminutivos y el verbo “ayudar” o en su defecto “colaborar”:

– ¿Me podrías dar una charlita sobre la literatura colombiana? Es algo corto, sencillito, para un público no especializado…

– Estaba pensando en que podrías ayudarme con esta correccioncita. Es solo echarle una mirada a las 100 páginas.

– Como tú sabes mucho de este tema, ¿será que me puedes colaborar haciendo los textos de la presentación/voucher/campaña/exposición? Son corticos, menos de una página cada uno.

– Tú eres buenísima en eso de la bibliografía y yo no tengo ni idea, seguro me la revisas rapidísimo.

-Son una o dos foticos no más, algo que me sirva para la página web de la empresa.

Toda esta situación no es nueva ni tampoco responsabilidad de quienes tienen la plata y no quieren pagar. Ya desde hace muchos años, podríamos decir que desde principios del siglo XVIII, se ha discutido eso de que los autores merecen o no ganar dinero por lo que hacen. Y aunque parezca asombroso, la creencia que ha existido desde entonces es que la escritura y la creación son disciplinas elevadas, que alimentan el espíritu, por lo cual no debe cobrarse por ejercerlas.

En consecuencia, los humanistas, científicos sociales y artistas tampoco hemos aprendido a cobrar por nuestro trabajo, porque suponemos que es mayor ganancia que nuestro nombre quede impreso en algún afiche, postal, carátula, programación de evento, certificado, etc. a pesar de que no nos paguen por nuestros aportes y conocimiento.

Pensaría que la principal razón es (además de que son cosas elevadas y poco mundanas o son tan fáciles que “cualquiera” puede hacerlo) que nosotros mismos tenemos una falsa dicotomía entre el valor de nuestro trabajo y el mercantilismo. Como si cobrar fuera a disminuir la calidad de nuestro trabajo o ponerlo al nivel de una baratija creada en una maquila china.

Pensemos cuántas veces hemos trabajado gratis porque:

a) es un familiar/amigo y me da pena cobrarle (a pesar de que el trabajo es para su empresa o negocio)
b) es un trabajo cortico (que terminó durando una semana más las correcciones)
c) tengo algo de tiempo libre
e) si no lo hago gratis llaman a otro
d) seguro ya me conocen y la próxima vez que me llamen sí me pagan
f) ya había dictado la charla antes y por lo tanto no tuve que prepararla
g) ni siquiera le hice cambios a la imagen en Photoshop

Pero si calculamos cuántas horas, meses o años de nuestra vida nos hemos dedicado a conocer, entender y reflexionar sobre la literatura, la historia, la estética o la buena escritura, nos daremos cuenta de que en realidad ese tiempo fue una larga inversión para nosotros. Y aunque parezca sencilla la charla, el texto o la foto, el producto que uno ofrece ha sido preparado en realidad durante años de esfuerzo y disciplina. ¿Por qué, entonces, no creemos que eso merezca ser pagado y, aún más, bien pagado?

[Nota: Esto no significa que no crea en el trabajo voluntario. Lo he hecho por muchos años a sabiendas de que no recibo dinero por eso, pero también porque quienes me lo piden tampoco lo obtienen. Es una situación bastante más equilibrada.]

Para que se diviertan un rato, un video sobre cómo alguien les pide a no-humanistas que trabajen gratis mientras el solicitante decide si les paga para una próxima vez (también conocido como spec work). Creo que el dueño del restaurante griego sería un buen entrenador personalizado, ¿no?

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Sobre la “Generación mimada” o “Los estudiantes eunucos”

Enseñanza en el colegio

Imagen del libro The Dramatic Method of Teaching (1912) por Harriet Finlay-Johnson.

Gracias a un lista de correos me llegó una invitación general a debatir la situación actual de los estudiantes universitarios, motivada por una columna publicada en El País de España titulada “El estudiante eunuco”. En realidad, el autor basaba la mayoría de sus opiniones en un artículo extenso publicado en The Atlantic, en el cual se exponen detalladamente algunas de las principales dificultades que están presentando las universidades norteamericanas con la hipersensibilidad de los estudiantes universitarios frente a comentarios y actitudes de profesores, compañeros y administrativos, así como de los contenidos de programas de estudio.

En términos generales, los puntos centrales del artículo “The Coddling of the American Mind” en The Atlantic, describe cómo a partir de los años 80 se han promovido en la educación superior estadounidense “métodos” para evitar el acoso, los discursos de odio y la discriminación, por medio de los cuales se ha creado una amenaza para la libertad de expresión: un conferencista, la lectura de un libro en un lugar público o hasta una mascota puede ser motivo de despido o de amenazas por quienes se sienten amenazados.

Sin embargo no considero que esta sea la situación general de las universidades colombianas. Me llama la atención, no obstante, que en el espacio del debate y en otras muchas discusiones he oído reiteradamente la queja de que los estudiantes “de ahora” son mimados, no se esfuerzan y sienten que todo lo que no les gusta es un atentado contra su dignidad.

Si bien esta hipersensibilidad es bien conocida ya desde la educación básica, en realidad, como dicen algunos de los comentaristas, no es única responsabilidad de los estudiantes. Creo que en muchos de los casos la educación superior no se trata de comodidad para muchos de los que se matriculan. Es cierto que existe un concepto mercantilista de la educación tanto de alumnos como de directivas (“para eso le pago”, “procure que los estudiantes no pierdan la materia”, “si no le gusta váyase, que hay una fila detrás suyo esperando por el puesto”, etc.), pero también hay muchas situaciones que seguramente muchos profesores hemos tenido que enfrentar durante nuestra carrera profesional: estudiantes que llevan sus hijos a clase, alumnas que se ausentan porque el esposo les pegó, excelentes estudiantes que aguantan todo el día insultos –nuestros, por cierto- en su trabajo en los call center de bancos y empresas de telefonía y televisión por cable.

Creo que muchos de ellos no son estudiantes mimados. Son personas que necesitan terminar su carrera para que no los echen de sus trabajos, para conseguir mejores salarios y para que las empresas de crédito no los multen aún más por el incumplimiento de sus compromisos.

Ahora, tampoco concuerdo con decir que la actitud acomodada de muchos otros estudiantes es culpa de ellos y de sus padres temerosos que todo lo solucionan con un celular nuevo o un viaje a París. Nuestra labor como docentes es promover las habilidades del pensamiento y sobre todo el pensamiento crítico. Crear espacios de discusión, invitar a la reflexión y a la responsabilidad, así como a que los alumnos asuman posturas sobre su función social como futuros profesionales.

Sin embargo, me encuentro también con que en ocasiones nuestras acciones contradicen nuestras palabras. Nos quejamos constantemente de nuestro empleos mal (o pésimamente) pagos y de la carga administrativa y burocrática, pero los aceptamos y peor aún, nos quedamos por largas temporadas; criticamos la incapacidad de los estudiantes de formular problemas de investigación o ensayos coherentes, pero preferimos culpar al mal colegio en el que estudiaron, a dedicar 2 o 3 sesiones a explicar las normas ortográficas, la importancia de las citas o la manera de estructurar un texto.

Aún más, una de las mayores muestras de esta situación de “maestros eunucos” es la progresiva servidumbre que hemos desarrollado por los sistemas de medición, los rankings y la indexación. Yo misma estoy constreñida en este momento a ello, con el fin de poder condonar mi deuda doctoral con Colciencias. El año pasado el grupo de investigación Historia y Literatura de la Universidad Nacional de Colombia promovió un debate sobre el problema de la medición de los grupos de investigación en las humanidades y las ciencias sociales. Muchos otros grupos en el país se unieron a la discusión y decidieron no presentarse a la convocatoria 639 de 2014 de Colciencias, pero otros sí lo hicieron. Y aunque no me compete establecer sus razones, supe que en la universidad en la que estudié mi doctorado, el mandato de las altas esferas fue que los grupos sí se presentaran y sospecho que tiene que ver más con el ranking que con la convicción de que los criterios de medición de Colciencias son acertados.

Me sorprendió sobremanera ver que el grupo al que estaba vinculada ni siquiera propuso un debate entre los integrantes (o al menos a mí no me invitaron), sabiendo que (o precisamente porque) la producción científica de este grupo no ha salido del equipo mismo sino de trabajos de investigaciones individuales.

Según la revista Arcadia, citando al subdirector de Colciencias Alejandro Olaya, “esta convocatoria recibió 3.898 grupos, 1.198 de las ciencias sociales y 289 de las humanidades”. Lo que significa que el debate promovido por la Universidad Nacional tuvo incidencia, pero muchos grupos continuaron acogiéndose a los criterios de evaluación de ciencia y tecnología para áreas de ciencias sociales y humanas.

Al parecer, entonces, los “estudiantes eunucos” aprenden también de algunos “profesores eunucos” que no somos capaces de renunciar a ciertos “privilegios/requisitos” (que en muchos casos ni siquiera sirven para ganar más de 15 dólares la hora cátedra) como el puntaje de la hoja de vida que monitorea Colciencias, para promover una transformación sobre la evaluación de la producción científica y académica en nuestras áreas de trabajo.

Reitero que no conozco los motivos por los cuales muchos profesores seguimos anclados al sistema educativo nacional e insistimos en quejarnos de él. Sin embargo creo que debemos complejizar el debate sobre los “alumnos mimados” que “ya no leen”, no se conmueven ante la realidad del país o se sienten ofendidos por las cosas que dice su profesor. La discusión tiene más caras y creo que es nuestro deber no dejarlas de lado.

2010-2015: “El Doctorado”

Happy Mantra

Aunque ya está un poco gastada, esta es la camiseta que conseguí en agosto de 2014 en un mercado de granjeros.

2010-2015. Fueron cinco años que en este momento siento que pasaron muy rápido. Cursos sobre mapas del siglo XIX, sobre la relación entre los tamales y la revolución mexicana, sobre aves disecadas en museos de historia natural o sobre los uniformes de los juegos olímpicos y su relación con el nacionalismo.

Cinco años que en agosto de 2010 parecían infinitos, un camino sin recorrer y sin saber que los tamales tendrían alguna relación con la revolución mexicana. Y aún así, hoy, octubre de 2015, recibí un papel a manera de pergamino que me acredita como alguien que puede llegar a saber de esas cosas: de tamales, mapas y uniformes ideológicos para olimpíadas. Pero por favor, no me pregunten de eso, que de pronto tendré que mirar en Wikipedia.

Hace un año, en septiembre de 2014, mientras recorría con María Mercedes un mercado de granjeros en Providence, nos encontramos con un puesto en el que vendían camisetas. Todas tenían el mismo estampado. “¡Qué extraño!”, pensé, “el vendedor no está interesado en diversificar”. La camiseta, que aún conservo, dice: “Soy feliz, soy creadora, soy libre”. La compré como un suvenir, pero con el tiempo me he dado cuenta que es la perfecta definición de lo que soy y quiero seguir siendo: feliz, creadora y libre.

Volvamos a esas cosas que aprendí durante los 1.826 días en que estuve como estudiante del doctorado. A los días de emoción ante un manuscrito antiguo, ante el desasosiego de no entender conceptos y metodologías extrañas, a sentir que no sería capaz de terminar, a haber terminado. Todas las horas que pasé frente al computador, todas los nombres que encontré por primera vez y todas las visiones de mundo de mis compañeros y profesores parecían constituir el contenido de lo que se entiende por un doctorado. Pero ahora me doy cuenta de que no estudié para saber más, sino para descubrir lo infinita que es la capacidad de los seres humanos de crear cosas nuevas. De imaginarse el mundo de otra forma.

Este título que recibo hoy no me acredita, en realidad, como una “doctora en historia”. Es solo una prueba, como las hay de muchas otras formas y colores, de que viví conscientemente cada uno de esos 1.826 días, sintiendo que estaba donde tenía que estar, que estaba cumpliendo un sueño y que estaba asumiendo, con toda la responsabilidad que conlleva, las ganas de ser feliz, de crear y de ser libre. Sin embargo, el título que recibí hoy no es el fin de este camino, de ese anhelo.

Ahora más que nunca estoy convencida de que la felicidad significa hacer lo que quiero, de ser honesta conmigo misma y con quienes me rodean y de agradecer por las cosas más sencillas de la vida: por tener tanta gente con quien celebrar este día, por tener mi cuerpo completo, por tener un corazón, por querer aprender cosas nuevas, por adorar la comodidad de mi almohada, por sorprenderme con la idea de que una personita chiquita como Guadalupe tiene también sus propios horizontes y alegrías.

Mi veradero diploma es mi felicidad, mi libertad, mi capacidad de imaginar. Es este camino que recorro todos los días al lado de María Mercedes, de mi madre, mi padre y mis hermanos, mi familia política y extensa y este círculo enorme y diverso de amigos que me acompaña hoy. También de todas esas personitas chiquitas que van cruzándose en mi camino. Gracias por las palabras y las sonrisas que cada uno me ha dado en algún momento. Por saber perdonar mis ausencias e interesarse en mis libros raros del siglo XIX, por quererme con una mirada, una llamada o un silencio, por reírse conmigo de algo sin relevancia. Todos estos detalles son también piezas fundamentales de esto que celebramos hoy: la felicidad, la creación y la libertad.

Tramitomanía: Así crecen los medios con el apoyo de la burocracia

Así se verán en unos años todos los papeles que gastamos facturando para la ETB. Foto: "Paperwork" por Curtis Perry.

Así se verán en unos años todos los papeles que gastamos facturando para la ETB. Foto: “Paperwork” por Curtis Perry.

En mi infancia, una de las secciones que más me gustaba de Sábados Felices después de “Cleofe”, era “La tramitomanía”. En esta, un parroquiano tenía que hacer un trámite cualquiera en una entidad cualquiera de Colombia, y en cada intento se veía en la obligación de llevar más y más papeles para cumplir unos requisitos que uno pensaría eran para certificar que la Reina Isabel era su madre. Recuerdo un episodio (que no fue el más “dramático”) en el que el pobre hombre llegaba a hacer la vuelta con una carretilla llena de papeles y se le volteaba en la mitad de la fila (esa podría ser yo perfectamente).

No sé por qué esa imagen se me grabó como una premonición. Porque a pesar de que estos episodios se transmitieron hace más de 20 años, pareciera como si, al estilo de La Rosa Púrpura del Cairo, los personajes salieran de la pantalla para cobrar vida: ahora, encarnados en la ETB, entidad encargada de facturar las órdenes de pauta publicitaria para la Alcaldía de Bogotá.

Hace poco me llegó un correo con los requisitos de facturación de medios de comunicación del área de TICs en su versión 2015. En este se solicita, entre muchas otras cosas, que se incluya la impresión a color de un pantallazo por cada uno de los días en que se puso la pauta solicitada en la página web.

Permítanme hecer un cálculo más o menos burdo:

Supongamos que al medio que dirijo (una página web) le llega una orden de pauta de un cabezote por todo el mes de marzo (aunque esto sería muy generoso por parte de la ETB). Esto significa que debo imprimir 31 pantallazos a color, más la copia (también a color), lo que daría un total de 62 impresiones a color por un costo aproximado de $55.800 (asumiendo que la impresión se cobra barato, a $900), sin sumar la otra cantidad restante de papel que hay que añadir:

  • facturas (4 copias)
  • certificados (2 copias),
  • reporte de Google Analytics (2 copias)
  • órdenes (3 copias)
  • pago de seguridad social (2 copias)
  • acta de recibo (3 copias)
  • tarjeta profesional del contador (1 copia).

Estamos hablando de que por cada facturación tendría que entregar alrededor de 78 hojas, lo que corresponde al 15% de una resma de papel (y suponiendo que todo todo lo que entrego no tiene ni un error y por lo tanto no tengo que volver a imprimir nada…cosa que no veo que suceda con frecuencia, dada la cantidad de información y minucias que tiene cada uno de los documentos).

Si la factura es por $250.000 debo restarle:

  • $55.800 de las impresiones a color
  • $2.000 de las impresiones a blanco y negro
  • $50.000 de las 2 horas que me demoro haciendo la papelería, revisándola y armando los paquetes (regalemos la hora de trabajo a $25.000).
  • $25.000 de 1 hora subiendo el banner a la página web, creando la campaña específica en Google Analytics y haciendo los pantallazos.
  • $75.000 de las tres horas que dejo de trabajar por trasladarme hasta la ETB y esperar a que me atiendan.
  • $50.000 por dos horas de trabajo del contador, con mensajero (aunque esto suena a explotación).
  • $3.600 del Transmilenio.

Por lo tanto, la facturación con la ETB tiene un costo de $261.400, por lo que en realidad lo único que estoy haciendo es perder $11.400 y regalándole a la Alcaldía mi trabajo y publicidad. Es decir, el valor agregrado de mi medio de comunicación no existe acá, ni su público, ni su capital cultural, porque el dinero cobrado se va en puro trámite y además me toca poner plata.

No pongo sobre la mesa, porque no me afecta directamente, las torres de papel con las cuales la ETB tendrá que lidiar. Seguramente la remodelación que están haciendo en el edificio del centro es para eso: grandes bodegas para almacenar facturas, actas y certificados. Sin embargo, sí es de mi entera preocupación el hecho de que esta entidad está haciendo muy poco por reducir la huella de CO2 en nuestra ciudad: papel y tinta a granel.

¿Qué pasaría si, por ejemplo, la ETB decidiera utilizar un recurso muy moderno que se llama el “documento digital”, también conocido como PDF? Aunque no reduciría significativamente el tiempo que hay que dedicarle a esta tramitomanía, por lo menos disminuiría el innecesario gasto de papel, tinta y dinero de las impresiones que piden.

Uno pensaría que el ideal de un emprendimiento es conseguir recursos para ser autosostenibles y poder crecer para lograr contratar, por ejemplo, a alguien que se encargue de hacer la papelería de este tipo de trámites. Sin embargo, si ni siquiera puedo pagar el hosting de la página web ni mucho menos mi subsidio de transportes con este tipo de “apoyos a medios”, ¿cómo voy a pensar en delegar este trabajo a alguien? (aún peor ¿sin pagarle?).

Esto me permite sacar tres conclusiones rápidas:

1. El sector público sigue siendo para algunos prestadores de servicio una carga más que un apoyo, en este caso de los medios de comunicación independientes que buscan mantener parte su medio con la publicidad.

2. Los medios de comunicación debemos despabilarnos y buscar también otros recursos en el sector privado, pues depender únicamente de lo que el Distrito tiene a bien ofrecrer, por más política pública o lineamientos que haya, no es suficiente para ejercer un periodismo independiente y responsable, además de autosostenible.

3. Quienes hayan visto Relatos Salvajes, entenderán por qué “bombita” hizo lo que hizo con el cobro de la multa de tránsito. Todos somos protagonistas potenciales de una sexta historia de esta película cuando de burocracia y tramitomanía se trata.

Un dilema

Novelas de Charles Dickens

Imagen tomada de: The life and adventures of Nicholas Nickleby; The adventures of Oliver Twist / by Charles Dickens. London: Chapman and Hall, [1875?]

Situación actual

Escribiendo el segundo capítulo de mi tesis de doctorado.

Ubicación geográfica

Una universidad privada en el “país de las oportunidades”. Entre una biblioteca que nunca cierra y siempre está sucia, una biblioteca hermosa y llena de libros antiguos y otra biblioteca cómoda donde la gente estornuda.

Naturaleza del problema

El problema es complicado y a la vez sencillo. Estoy escribiendo sobre el comercio de los libros en Hispanoamérica en los siglos XVIII y XIX. Encuentro poca información para el segundo siglo (seguro no estoy buscando bien) y siento que mi capítulo está desbalanceado; tengo mucho sobre el siglo XVIII y poco sobre el XIX. De repente, encuentro en alguna página web dos artículos sobre los lugares donde se vendían libros y papeles en Lima en el siglo XIX. Y pienso: “esto es lo que necesito”.

Empiezo a leer y confirmo mi sospecha. Hay datos interesantes, aunque los artículos no parecen haber sido escritos por un investigador experto. No importa. Sus datos son útiles y de pronto me sirven para seguir el rastro que me llevará a mejores investigaciones.

Los artículos están firmados por una persona que denominaré el “señor Ñ”. El señor Ñ habla de libros, de libreros y de otras cosas relacionadas con mi tema. Busco su nombre en Google para saber si hay más trabajos escritos por él o citados por otros autores, pero lo que me encuentro son algunas noticias peruanas de hace alrededor de diez años.

Resulta que (presuntamente) el Señor Ñ, además de escribir artículos sobre la historia de la imprenta y de los libros en Lima, pertenecía a una red de contrabando de documentos antiguos.

Su función: escabullirse en el Archivo General del Perú, tomar documentos de altísimo valor histórico, y entregárselos a otra persona que los pone en venta en e-Bay por 30 euros (¡30 euros!). La prensa dice que, según lo denunció un informante de la institución, el Señor Ñ cambiaba los números de los folios escritos a lápiz en la esquina superior, para que la extracción no fuera evidente.

Esa es toda la información que logro encontrar del Señor Ñ, que ahora aparece en su Facebook posando cándidamente con sus estudiantes en algún colegio del Perú. No se sabe si lo condenaron, si la investigación continuó o si al menos se inició. Parece ser un episodio de El Proceso, aunque difícilmente creo que él sea un Joseph K.

El dilema

La información que el Señor Ñ provee en sus artículos es bastante útil. Estos dos valores me hacen pensar que no debería tener problema en citarlo en mi tesis. Sin embargo, después pienso: este señor (presuntamente) ha robado documentos invaluables para la cultura, el patrimonio y la historia. ¿Por qué no podría (presuntamente) haber robado también estas ideas de alguien más?

¿Debería yo darle crédito al Señor Ñ por sus “aportes” a la historia, cuando por otro lado (presuntamente) le ha hecho un daño de tal magnitud a la cultura? Como decimos en Colombia: este señor parece “borrar con el codo, lo que hizo con la mano”.

Recuerdo haber estado en discusiones de índole más o menos parecida, en las que se hablaba de qué tan importante es lo que haga una persona en su vida privada, para la consideración de su trabajo profesional. En términos generales, creería que los problemas legales de Woody Allen no deberían intervenir en la revisión de su trabajo como escritor y director cinematográfico. Sin embargo, creo que en el caso del “señor Ñ” se imbrican dos situaciones que tienen una misma naturaleza: la historia, la cultura y el patrimonio de un país.

Dado que tengo el privilegio de estar en un lugar en el cual comparto mesa y tiempo con otros investigadores, pensé en preguntarle al más experimentado de ellos: alguien que seguramente ya se había enfrentado con este y otro tipo de dilemas similares.

El profesor W retrasa su salida de un evento para escucharme. Le cuento la historia y el dilema y él me aconseja. Me dice: “los (presuntos) problemas legales de Ñ no tienen espacio en su tesis. Si los artículos de este señor no son buenos, hágalo notar en su investigación. Pregúntese cuáles son sus referencias, de dónde sacó esos datos. Si no puede responder a esa pregunta, ahí tiene un motivos para hacerle una crítica y dudar de su trabajo. Usted no sabe con certeza si esas acusaciones son reales. No puede tomarlas como hechos”.

También me recuerda, antes de que le comentara de qué época estamos hablando con el “señor Ñ”, que era costumbre de muchos “tomar prestados” documentos de bibliotecas y archivos para usarlos en sus investigaciones, y no devolverlos. Y me cita el ejemplo del bibliográfo chileno que tantas veces he consultado últimamente, José Toribio Medina (1852-1930).

Habla la experiencia.

“Sin embargo, es un problema complejo. Deberemos discutirlo con más profundidad”, me dice mientras se despide. “Es lo primero que se me ocurre, pero pensaré en ello”.

Este es mi dilema.

¿Qué pensarán mis colegas?

De doctores, doctorados y otras cosas de papel

Personas leyendo

Imagen tomada de: “The best family physician and household companion” (1889).

He tenido sentimientos encontrados tras leer la columna de Margarita Orozco en el portal web de la Revista Semana. Considero que toca aspectos fundamentales de la situación de los profesionales con posgrado en Colombia, tanto en lo que respecta a los salarios como en las perspectivas y posibilidades que existen para la investigación en universidades y otras instituciones.

Concuerdo con ella en que las acreditaciones se han convertido en una hidra inabarcable, empezando por los puntos que los profesionales deben acumular a punta de artículos, congresos y libros para poder clasificar a una entrevista de trabajo o a un concurso docente en una entidad pública.

Sin embargo creo que Margarita Orozco fue también algo condescendiente con la situación de los “doctores” (que no por tener un diploma de PhD deberían esperar que les llamen así). Por un lado, hay una intención de mostrar a quienes han obtenido un doctorado como víctimas de un sistema absorbente y macabro que los usa y les da poco para desarrollarse como investigadores.

Soy consciente de que quienes dedicamos varios años de nuestra vida a adquirir ese diploma hacemos sacrificios: vivimos con salario de estudiante entre los 18 y los 35 años, reducimos nuestras posibilidades laborales a unas cuantas universidades y en muchos casos ponemos en riesgo nuestras relaciones sentimentales: o la pareja o los libros. Ni hablar, por supuesto, de que las mujeres que quieren ser madres deben esperar hasta haber conseguido un trabajo estable después de más de 15 años de estudio, para empezar a contemplar la posibilidad de traer un hijo al mundo no con un pan, sino con un diploma de su progenitora bajo el brazo.

El hecho de tener un doctorado no nos hace mejores ni peores personas aunque sí nos da otras experiencias de vida. No creo que Colombia goce de un grupo numeroso de personas con doctorado buscando solucionar los problemas del país; por el contrario, veo cómo los títulos universitarios se sobrevaloran socialmente y una persona que tiene su diploma termina muchas veces convirtiéndose en lo que dice en ese pedazo de papel: “Hola, soy Lina, doctora en Historia”; “Mucho gusto, Antonio, Ph.D en Ingeniería biomédica”.

Yo misma muchas veces me sorprendo presentándome así (aunque aún estoy en la carrera por el pedazo de papel) y más ahora que estoy pasando unos meses de investigación en una universidad de Estados Unidos, donde los candidatos a doctorado valen por el asesor que tienen, por cómo están conectados y por los premios y financiaciones que han obtenido.

He tenido la fortuna de contar con grandes maestras/os que me han enseñado muchas cosas importantes para la vida. También me transmitieron su pasión por el conocimiento y la disciplina que se requiere para ser investigadora, además de que me han demostrado que se pueden hacer proyectos interesantes y propositivos cuando existen las ideas, la visión y la voluntad.

Sin embargo también me he topado con la otra cara, la que desprecia a sus colegas y sus trabajos, la que se cree mejor que los demás porque la invitan a dar charlas internacionales, la que cree que lo que está por fuera de la academia es la feria de la mediocridad o la que considera que los estudiantes en este país no tienen futuro.

Sin duda el gobierno debe prestarle más atención a la inversión en educación y hay que plantear un debate más participativo y profundo sobre lo que Colciencias considera investigación en este país, principalmente cuando se plantea bajo la perspectiva de la tecnología y la innovación.

He visto cómo muchos de nosotros renegamos del sistema educativo e investigativo en el país, pero nos unimos a sus filas  apenas nos graduamos. Criticamos las revistas académicas pero nuestras preocupaciones principales giran en torno a publicar en ellas y entre más internacional y prestigiosa, mejor.

Tener un diploma de cualquier grado nos confiere una responsabilidad importante en nuestra sociedad. El reto está en abrir otros espacios (que también pueden estar en las universidades) y arriesgarnos a hacer lo que no nos enseñan en los pregrados, maestrías, doctorados y posdoctorados: dejar de depender tanto de las instituciones y crear otras formas de construir y compartir lo que sabemos.

La solución a los problemas educativos y laborales en Colombia no está solo en manos de las instituciones que, como dice Margarita Orozco, aprovechan el escalafón de sus empleados para la presentación de Power Point y para los formularios ISO. El primer paso es dejar de sentirse un “doctor” solo por haber obtenido un diploma en la universidad.

Cómo cuidar los libros a pesar de las críticas

Como cuidar los libros

Así se ven mis libros cuando los transporto en un morral.

Desde 1995, cuando inició mi amistad con Juliana Martínez, he sostenido un vehemente debate con ella sobre la forma de tratar los libros. Ella, en medio de su voracidad lectora, se ha mantenido durante los últimos 19 años en su idea de que son herramientas de trabajo, y que por lo tanto es necesario exprimirlas hasta el cansancio.

Hubo una época en que yo subrayaba los libros con esfero, les hacía grandes señales al margen y los metía en mi maleta sin ninguna consideración. Tuve la fortuna de encontrarme, sin embargo, con Nicolás Vaughan, un ferviente amante de los libros y encuadernador (y músico) autodidacta. Él me enseñó algo que hasta el sol de hoy Juliana no ha logrado comprender: que para que los bordes y las esquinas de los libros no se ensucien, se doblen o se rompan, se pueden introducir en bolsas plásticas, preferiblemente de esas que se sellan al vacío.

Esto evita muchas situaciones incómodas (que son motivo de burlas hacia mi persona por parte de los maltratadores de libros): que se mojen cuando cae una de esas lluvias bogotanas, que se unten del gel antibacterial que se regó por toda la maleta y que las hojas se doblen (¡ay, horror!) porque la sombrilla se metió entre la página 115 y la 116.

Tuve una vez un libro nuevo de Felisberto Hernández que me regaló Astrid, una amiga querida. Fue un descubrimiento literario bello y emocionante. Una vez, un compañero de mi primer trabajo me pidió que le prestara algo bueno para leer. Yo, la ingenua, le presté aquel libro.

Él me decía que estaba disfrutando mucho la lectura y yo me pavoneaba por creer que le hacía un bien a la humanidad al poner en movimiento la buena literatura latinoamericana. Pero todo se vino abajo cuando, después de tres solicitudes, mi compañero decidió devolverme el libro. Estaba maltrecho y sucio, las esquinas ya no estaban en ángulo recto sino redondas y despeinadas y había huellas de que algún café había salpicado las hojas.

Por eso, cada vez que alguien me pedía prestado un libro desde entonces, le solicitaba encarecidamente que mientras no lo estuviera usando lo dejara en su habitáculo, la bolsa de plástico resellable. Así evitaríamos la inminente ruptura de una amistad.

De subrayar a estropear solo hay un paso

Por otro lado, Juliana y yo todavía discutimos sobre la manera como se deben subrayar los libros cuando estos constituyen la razón de ser de nuestras elecciones de vida: la docencia y la investigación en el mundo de las ciencias sociales.

Alguna vez un profesor de Literatura de la Universidad Nacional me dijo algo que se me grabó en la memoria: “No subrayo los libros porque si mis alumnos necesitan fotocopias después, solo van a leer lo que yo señalé durante mi lectura”. Cómo olvidar que en Colombia los libros cuestan entre 5 y 10 almuerzos universitarios y que el segundo nombre del estudiante es “fotocopia” (ya hablaré en alguna otra entrada sobre las fotocopias subrayadas que uno vuelve a subrayar con otro color).

Ahora subrayo los libros con lápiz B2, de mina suave, como pidiéndoles perdón por invadirles su territorio y abusar de los espacios entre cada renglón. Pasé de pintar asteriscos, flechas desesperadas y signos de interrogación, a dejar tímidos circulitos o rayas con la punta afilada del lápiz, con el terror de que algún día tenga que dejar una fotocopia y mis alumnos descubran qué fue lo que subrayé durante mi lectura.

Otro argumento para usar lápiz en vez de esfero (¡dios nos libre del resaltador verde o fucsia!) es conservar esa utópica idea de que algún día volveré a leer un libro y me avergonzaré de mis subrayados de épocas pasadas. ¿Cómo será releer Ana Karenina después de haberla rayado con esfero? Sé que querré tomar el borrador y quitarlos de mi vista para empezar de ceros.

Para la muestra, un rastro dejado en la novela de Tolstoi, en 2012 (a 22 años de edad):

Subrayado de Ana Karenina

Atención al tono existencialista y nadaista de mi subrayado universitario.

Esos subrayados de oraciones densas, existencialistas de los años de la carrera de Literatura se han convertido en subrayados de profesora que piensa: “mm… esta idea es interesante para planteársela a mis alumnos” o bien: “acá está lo que necesito para ese párrafo de la tesis”. No importa que sean libros teóricos sobre historia, el discurso literario o las memorias de una señora rusa cuyo nombre solo pueden pronunciar los de la editorial que la publicaron.

En últimas, aunque sigo subrayando los libros cuidadosamente, creo que cada oración que he marcado en mi vida ha estado pegada al momento histórico en que la leí. Eso sí, lo que no ha cambiado de ninguna manera es la forma como trato los libros, con la salvedad de que ahora ya no son míos sino casi siempre de las bibliotecas.

Ahora no compro tantos por varias razones: el dinero tiene otras prioridades, requiero de espacio para ubicarlos en mi apartamento, de tiempo para sacudirles el polvo y de muchas bolsas resellables para transportarlos de un lugar a otro.

Querida Juliana, la batalla por las esquinas son dobleces y los bordes limpios continúa. Ya veremos cómo cambia la discusión cuando solo tengamos e-books.