Lecturas

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La biblioteca de la profesora

Muchos libros

Imagen: “Piles of books, Venice”, Veronica K. Con Creative Commons.

El hecho de que los libros estén
en el living, nos autoriza a mirarlos.
Alejandro Zambra

En mis años de formación como lectora tuve la fortuna de contar con muchas personas que me inspiraron y me impulsaron a querer leer y a amar los libros: mi madre, mi abuelo materno y mi abuela paterna. Cada uno a su manera representó por medio del ejemplo el lugar que ocupaba la lectura en sus vidas.

Cuando entré en mis años adolescentes, dos profesoras de español me mostraron que el camino de la lectura era “ancho y ajeno” y que en ese recorrido me encontraría con muchos más libros de los que seguramente alcanzaría a leer. María Clara Trujillo, quizás una de las lectoras más voraces y disciplinadas que he conocido, maestra y amiga, abrió en varias estudiantes de mi época el hambre por querer conocer más mundos de los que creíamos que existían.

En sus clases, María Clara solía insistir en la importancia de tener libros de dos tipos: uno, el de la clase de español; otro, el de la mesa de noche. El segundo era ese que elegíamos por curiosidad, ese que nos miraba todas las noches antes de acostarnos y nos hacía sentir que no podíamos ignorarlo, así fuera para leer unas pocas líneas.

Una de las preguntas que más nos perseguía cuando María Clara hablaba de sus libros de mesa de noche, era qué tan grande podía ser este mueble para que le cupieran todos los que leía antes de dormir. Fue ahí cuando entendimos que las bibliotecas no eran solo esos estantes de madera que poblaban e incomodaban los espacios libres de las casas: también podían ser mesas de cuatro patas con un cajón, en donde ya no cupieran monedas, facturas del supermercado ni un par de gafas viejas y sin usar. Esa fue la primera vez que me pregunté cómo sería la biblioteca de una profesora.

Años después volví a enfrentarme a esa pregunta cuando conocí a Carmenza Neira, una profesora especializada en literatura antigua y medieval. Tuve la fortuna de tomar con ella un semestre completo dedicado a Sófocles. Fue ahí cuando, profundamente impresionada por la capacidad de Carmenza de transmitir tanta pasión por el conocimiento, pensé que tendría ya no una sola mesa de noche en su habitación, sino en cada esquina de su casa.

Lo que más me llamaba la atención era su amor por lecturas de toda índole y procedencia. “Será la biblioteca de El nombre de la rosa“, pensaba al oirla hablar con desenvolvimiento de la traducción más acertada de la poética de Aristóteles o de la tragedia griega.

Años después de esa materia concreté una cita para ir a visitar a Carmenza a su casa. Vivía cerca a mí y pensé en ir a saludarla y de paso enfrentarme al misterioso laberinto de libros que seguro incomodarían cada paso, cada esquina de su habitáculo. Qué sorpresa me llevé cuando me abrió la puerta y lo primero que vi fue un piano vertical adornado con una carpetica de frivolité, un botellón de agua boca abajo y una vitrina con veinte o treinta libros.

¿Eso era todo? ¿En dónde estaban las torres de libros de Sófocles, Esquilo y Eurípides, las trovas medievales en la lengua de Oc, la serie completa de la literatura arturiana, las diversas versiones de la poética de Aristóteles y los poetas colombianos del siglo XX?

¿En qué consistía, en realidad, la biblioteca de la profesora? Mis expectativas no se fundaban solamente en la idea de que tuviera muchos libros, sino en que esos libros también pudieran contarme muchas historias sobre personas que, como María Clara y Carmenza, admiraba profundamente principalmente porque me habían transmitido el amor por la lectura y el conocimiento.

Cuando estamos de visita, los amantes de la lectura tenemos esa extraña costumbre de dirigirnos directamente a las bibliotecas de las personas para ver qué leen. Puede ser una costumbre, también, para medir qué tan interesante puede llegar a ser esa persona.

Sin embargo, ignoramos que los libros de “mesa de noche” pueden estar distribuidos de diferentes maneras a lo largo y ancho de la casa o por fuera de ella. Que, como lo cuenta Alejandro Zambra en su ensayo sobre las bibliotecas, cada persona tiene su propia estrategia no solo para organizar los libros, sino para rotarlos o deshacerse de ellos.

A punto de acabar esta columna, recordé una sabia enseñanza de Carmenza Neira: “Yo no le niego un préstamo de libro a nadie. Pero si me lo van a robar, al menos léanselo completo y préstenselo a alguien más”. Ahí estaba la biblioteca de la profesora.

Llegar a Ítaca

Constantino Kavafis

Constantino Kavafis, autor de “Ítaca”. Ilustración por: Néstor Priest.

Cuando estaba en mis últimos años de colegio, allá por el final del milenio, conocí a un poeta griego llamado Constantino Kavafis. Me lo presentó María Teresa, mi última profesora de español escolar. Por esos días tuve la oportunidad de ir a la Feria del Libro y, vaya casualidad, terminé comprando un libro de poemas de este autor.

Una de las composiciones que más me impresionó fue un poema llamado Itaca. En este, Kavafis toma el motivo del viaje, el mismo que emprendió Ulises al terminar la guerra de Troya para regresar a su hogar, la isla de Ítaca, para hacer un paralelo con la vida de los seres humanos comunes y corrientes. Para proponer que el destino de la vida no es la llegada a un punto final, sino todo lo que sucede mientras dura.

Pocos años después, cuando cursaba mi carrera de Estudios Literarios en la Universidad Nacional, le pasé este poema a un gran amigo, William A. Gómez, para compartirle algo de lo que más me gustaba leer. En ese momento no supe que William también se sintió atraído por el poema pues estaba estudiando griego, y que más adelante habría de usarlo en sus clases como profesor de historia del arte.

Cuento todo esto porque irónicamente el poema, William, Ítaca y yo quedamos conectados para siempre. El 2 de junio de 2010, a los 29 años, William murió apuñalado en medio de una calle a pocos metros de su casa. Me enteré por casualidad. Decidí entonces buscar en Facebook para saber si era cierto, si alguien podía desmentir esa información. Por el contrario, me encontré con fotos de él en diferentes momentos de su vida, con mensajes de despedida de sus amigos y con toda clase de recuerdos que empezaron a aparecer.

Entre ellos, un antiguo alumno suyo subió un audio a Youtube en el que se oye la voz de William leyéndoles un poema a sus estudiantes antes de terminar la clase. El poema es Ítaca, de Kavafis. Además de la sorpresa y de la nostalgia que esto me produjo, sentí la necesidad de volver a leerlo. Recordar por qué, en algún momento de mi vida, había creído que compartir este poema con un amigo me permitía enriquecer mi experiencia estética.

El poema habla del viaje. De Ítaca como un destino pero, sobretodo, como una razón para vivir. Desde ese momento, el día que encontré ese poema en la voz de un amigo que ya no está, decidí que mi camino sería el de Ulises. Llegar a Ítaca no me importaba tanto como vivir el viaje. Enfrentarme a los obstáculos de la vida. Caminar. Sentir. Compartir más. Escuchar. Seguro cuando llegue a Ítaca y William esté allá, me daré cuenta que las riquezas de la isla estaban en cada decisión que tomé.

Acá, ese pequeño recuerdo que guardo de William. El nuevo y amoroso motivo de mi viaje. Primero el texto, después el audio.

Ítaca

Cuando salgas de viaje para Ítaca,
desea que el camino sea largo,
colmado de aventuras, de experiencias colmado.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al irascible Posidón no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
A los lestrigones y a los cíclopes,
al fiero Posidón no encontrarás,
a no ser que los lleves ya en tu alma,
a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti.

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que –¡y con qué alegre placer!–
entres en puertos que ves por vez primera.
Detente en los mercados fenicios
para adquirir sus bellas mercancías,
madreperlas y nácares, ébanos y ámbares,
y voluptuosos perfumes de todas las clases,
todos los voluptuosos perfumes que te sean posibles.
Y vete a muchas ciudades de Egipto
y aprende, aprende de los sabios.

Mantén siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no tengas la menor prisa en tu viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que viejo al fin arribes a la isla.
Rico por todas las ganancias de tu viaje,
sin esperar que Ítaca te va a ofrecer riquezas.

Ítaca te ha dado un viaje hermoso.
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia,
ya habrás comprendido el significado de las Ítacas.

(Traducción: Ramón Irigoyen. Seix Barral, 1996)