El espíritu perverso de las cosas pequeñas

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Luis Tejada Cano (1898-1924). Imagen tomada de: revistacorrientes.com

Ante la dificultad de encontrar en Internet algunas de las crónicas más representativas de Luis Tejada (1898-1924), el cronista antioqueño y padre de este género en Colombia, comparto esta breve crónica publicada en el periódico El Espectador y recogida en el libro La crónica en Colombia: medio siglo de oro (1997) editado por Maryluz Vallejo Mejía.

El espíritu perverso de las cosas pequeñas

(El Espectador, junio 20 de 1922)

Eduardo Castillo me hacía notar el otro día cómo todas esas cosas pequeñas que nos rodean o que viven siempre con nosotros asimiladas a objetos de uso personal, poseen una leve alma perversa, una minúscula alma hostil, juguetona y maliciosa que se complace en atormentarnos, en probar continuamente el temple de nuestra paciencia y la cantidad de resignación santa que Dios haya logrado poner en nuestros corazones.

Hay días, por ejemplo, en que el botón del cuello resuelve rebelarse contra su cotidiano destino; se encabrita y salta o se escurre ágil entre los dedos u opone simplemente una resistencia pasiva pero firme y prolongada; cuando al fin, jadeantes, logramos acomodarlo en su sitio, entonces él nos pellizca la piel con maligna, con aguda
ferocidad, como pudiera hacerlo una mujer furiosa.

Hay días en que la caja de fósforos se nos pierde en los bolsillos; en vano registramos con minuciosidad por todas partes, hundiendo los dedos hasta en esos secretos rincones llenos de hilazas y de harinas que hay siempre en los tajes viejos, a donde van a refugiarse a menudo los lápices y las monedas; en vano vaciamos sobre la mesa los papeles y los pañuelos; en vano nos levantamos confusos palpándonos con cuidado para localizar en algún punto el pequeño rectángulo de cartón. ¿En qué misterioso escondrijo se ha metido, pues? Ese es un problema que yo no he podido resolver jamás; pero es lo cierto que por la tarde o al otro día, cuando descuidadamente introducimos la mano en un bolsillo cualquiera, la caja aparece allí, tranquila y risueña, como con perfecta conciencia de haberse burlado de nosotros.

¿Y qué se hacen las pantuflas que, al acostarnos dejamos paralelas y apacibles al pie mismo de la cama, y que luego, al buscarlas en la oscuridad, no las encontramos por
ningún lado?

¿Y por qué cuando tenemos diez llaves en el llavero, la que ha de abrir llega siempre la última, o se escurre sigilosamente entre las manos hasta que demos cinco o seis vueltas a todo el llavero?

¿Y por qué cuando ya pensábamos que el lápiz nos lo habían robado y perdido para siempre, lo encontramos picarescamente escondido detrás de la oreja?

Sin duda todas esas cosas tan vivas, movibles y sonrientes que revolotean constantemente en torno nuestro, poseen un espíritu propio, malévolo, histriónico,
burlón, que nos hace la guerra, que nos es perennemente hostil. Hay veces en que el sombrero mismo nos insinúa gestos atroces y los botines nos sacan la lengua y el bastón
se nos enreda premeditadamente en las piernas para hacernos caer; hay días en que al
ponernos el saco no logramos encontrar de ninguna manera la manga correspondiente,
o abotonamos cuatro veces seguidas el chaleco con los botones que no son. ¿Qué dios
irónico y vengativo habrá insuflado en los objetos familiares, que debían ser buenos y
adictos, ese principio de maldad, esa anímula sutil y guasona que tanto nos hace rabiar?
Ese dios desocupado, y perillán, merece nuestro odio eterno.

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