Mes: junio 2017

La biblioteca de la profesora

Muchos libros

Imagen: “Piles of books, Venice”, Veronica K. Con Creative Commons.

El hecho de que los libros estén
en el living, nos autoriza a mirarlos.
Alejandro Zambra

En mis años de formación como lectora tuve la fortuna de contar con muchas personas que me inspiraron y me impulsaron a querer leer y a amar los libros: mi madre, mi abuelo materno y mi abuela paterna. Cada uno a su manera representó por medio del ejemplo el lugar que ocupaba la lectura en sus vidas.

Cuando entré en mis años adolescentes, dos profesoras de español me mostraron que el camino de la lectura era “ancho y ajeno” y que en ese recorrido me encontraría con muchos más libros de los que seguramente alcanzaría a leer. María Clara Trujillo, quizás una de las lectoras más voraces y disciplinadas que he conocido, maestra y amiga, abrió en varias estudiantes de mi época el hambre por querer conocer más mundos de los que creíamos que existían.

En sus clases, María Clara solía insistir en la importancia de tener libros de dos tipos: uno, el de la clase de español; otro, el de la mesa de noche. El segundo era ese que elegíamos por curiosidad, ese que nos miraba todas las noches antes de acostarnos y nos hacía sentir que no podíamos ignorarlo, así fuera para leer unas pocas líneas.

Una de las preguntas que más nos perseguía cuando María Clara hablaba de sus libros de mesa de noche, era qué tan grande podía ser este mueble para que le cupieran todos los que leía antes de dormir. Fue ahí cuando entendimos que las bibliotecas no eran solo esos estantes de madera que poblaban e incomodaban los espacios libres de las casas: también podían ser mesas de cuatro patas con un cajón, en donde ya no cupieran monedas, facturas del supermercado ni un par de gafas viejas y sin usar. Esa fue la primera vez que me pregunté cómo sería la biblioteca de una profesora.

Años después volví a enfrentarme a esa pregunta cuando conocí a Carmenza Neira, una profesora especializada en literatura antigua y medieval. Tuve la fortuna de tomar con ella un semestre completo dedicado a Sófocles. Fue ahí cuando, profundamente impresionada por la capacidad de Carmenza de transmitir tanta pasión por el conocimiento, pensé que tendría ya no una sola mesa de noche en su habitación, sino en cada esquina de su casa.

Lo que más me llamaba la atención era su amor por lecturas de toda índole y procedencia. “Será la biblioteca de El nombre de la rosa“, pensaba al oirla hablar con desenvolvimiento de la traducción más acertada de la poética de Aristóteles o de la tragedia griega.

Años después de esa materia concreté una cita para ir a visitar a Carmenza a su casa. Vivía cerca a mí y pensé en ir a saludarla y de paso enfrentarme al misterioso laberinto de libros que seguro incomodarían cada paso, cada esquina de su habitáculo. Qué sorpresa me llevé cuando me abrió la puerta y lo primero que vi fue un piano vertical adornado con una carpetica de frivolité, un botellón de agua boca abajo y una vitrina con veinte o treinta libros.

¿Eso era todo? ¿En dónde estaban las torres de libros de Sófocles, Esquilo y Eurípides, las trovas medievales en la lengua de Oc, la serie completa de la literatura arturiana, las diversas versiones de la poética de Aristóteles y los poetas colombianos del siglo XX?

¿En qué consistía, en realidad, la biblioteca de la profesora? Mis expectativas no se fundaban solamente en la idea de que tuviera muchos libros, sino en que esos libros también pudieran contarme muchas historias sobre personas que, como María Clara y Carmenza, admiraba profundamente principalmente porque me habían transmitido el amor por la lectura y el conocimiento.

Cuando estamos de visita, los amantes de la lectura tenemos esa extraña costumbre de dirigirnos directamente a las bibliotecas de las personas para ver qué leen. Puede ser una costumbre, también, para medir qué tan interesante puede llegar a ser esa persona.

Sin embargo, ignoramos que los libros de “mesa de noche” pueden estar distribuidos de diferentes maneras a lo largo y ancho de la casa o por fuera de ella. Que, como lo cuenta Alejandro Zambra en su ensayo sobre las bibliotecas, cada persona tiene su propia estrategia no solo para organizar los libros, sino para rotarlos o deshacerse de ellos.

A punto de acabar esta columna, recordé una sabia enseñanza de Carmenza Neira: “Yo no le niego un préstamo de libro a nadie. Pero si me lo van a robar, al menos léanselo completo y préstenselo a alguien más”. Ahí estaba la biblioteca de la profesora.

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