Mes: enero 2016

¿Me ayudas con este trabajito?

Astrid Lindgren

Recreación de la mesa de trabajo de la escritora sueca Astrid Lindgren (1907-2002), autora de la novela Pippi Medias Largas. Foto: Biblioteca Nacional de Suecia

Hace algunos días me encontré con un interesante debate que se creó en el Reino Unido a raíz de la renuncia del escritor británico Philip Pullman a participar en el Festival Literario de Oxford de 2016. Su principal argumento es la falta de pago a los autores invitados, siendo estos los únicos que no reciben dinero por su participación en la organización y ejecución de todo el Festival. Así, mientras publicistas, comunicadores, transportadores, técnicos, servicios de alimentación, hoteles y más sí cobran por su trabajo durante el evento, quienes son el centro de atención -los autores- trabajan pro bono.

Posteriormente otros 30 autores se unieron al boicot argumentando que resulta irónico que el festival se centre en las charlas y conferencias de los autores y no se reconozca esto como parte de su desempeño profesional.

Muchos de nosotros como humanistas, científicos sociales o artistas hemos tenido que enfrentarnos más de una vez a la idea de que como lo nuestro no se trata de programación, construcción de puentes, derecho privado, administración de empresas o entrenamiento personalizado, es algo fácil y rápido de hacer: “una bobadita”.

Por lo tanto, dar una charla sobre García Márquez o la Revolución mexicana, corregirle el informe al primo o “ayudarle” a alguien a escribir los textos del voucher de su empresa es algo casi obvio, un favor. De hecho, muchas personas se asombran y hasta se molestan de que a uno se le ocurra cobrar por el trabajo, pues es solo cuestión de compartir lo que uno ya sabe.

Los recursos más efectivos para lograr que alguien trabaje gratis suelen ser los diminutivos y el verbo “ayudar” o en su defecto “colaborar”:

– ¿Me podrías dar una charlita sobre la literatura colombiana? Es algo corto, sencillito, para un público no especializado…

– Estaba pensando en que podrías ayudarme con esta correccioncita. Es solo echarle una mirada a las 100 páginas.

– Como tú sabes mucho de este tema, ¿será que me puedes colaborar haciendo los textos de la presentación/voucher/campaña/exposición? Son corticos, menos de una página cada uno.

– Tú eres buenísima en eso de la bibliografía y yo no tengo ni idea, seguro me la revisas rapidísimo.

-Son una o dos foticos no más, algo que me sirva para la página web de la empresa.

Toda esta situación no es nueva ni tampoco responsabilidad de quienes tienen la plata y no quieren pagar. Ya desde hace muchos años, podríamos decir que desde principios del siglo XVIII, se ha discutido eso de que los autores merecen o no ganar dinero por lo que hacen. Y aunque parezca asombroso, la creencia que ha existido desde entonces es que la escritura y la creación son disciplinas elevadas, que alimentan el espíritu, por lo cual no debe cobrarse por ejercerlas.

En consecuencia, los humanistas, científicos sociales y artistas tampoco hemos aprendido a cobrar por nuestro trabajo, porque suponemos que es mayor ganancia que nuestro nombre quede impreso en algún afiche, postal, carátula, programación de evento, certificado, etc. a pesar de que no nos paguen por nuestros aportes y conocimiento.

Pensaría que la principal razón es (además de que son cosas elevadas y poco mundanas o son tan fáciles que “cualquiera” puede hacerlo) que nosotros mismos tenemos una falsa dicotomía entre el valor de nuestro trabajo y el mercantilismo. Como si cobrar fuera a disminuir la calidad de nuestro trabajo o ponerlo al nivel de una baratija creada en una maquila china.

Pensemos cuántas veces hemos trabajado gratis porque:

a) es un familiar/amigo y me da pena cobrarle (a pesar de que el trabajo es para su empresa o negocio)
b) es un trabajo cortico (que terminó durando una semana más las correcciones)
c) tengo algo de tiempo libre
e) si no lo hago gratis llaman a otro
d) seguro ya me conocen y la próxima vez que me llamen sí me pagan
f) ya había dictado la charla antes y por lo tanto no tuve que prepararla
g) ni siquiera le hice cambios a la imagen en Photoshop

Pero si calculamos cuántas horas, meses o años de nuestra vida nos hemos dedicado a conocer, entender y reflexionar sobre la literatura, la historia, la estética o la buena escritura, nos daremos cuenta de que en realidad ese tiempo fue una larga inversión para nosotros. Y aunque parezca sencilla la charla, el texto o la foto, el producto que uno ofrece ha sido preparado en realidad durante años de esfuerzo y disciplina. ¿Por qué, entonces, no creemos que eso merezca ser pagado y, aún más, bien pagado?

[Nota: Esto no significa que no crea en el trabajo voluntario. Lo he hecho por muchos años a sabiendas de que no recibo dinero por eso, pero también porque quienes me lo piden tampoco lo obtienen. Es una situación bastante más equilibrada.]

Para que se diviertan un rato, un video sobre cómo alguien les pide a no-humanistas que trabajen gratis mientras el solicitante decide si les paga para una próxima vez (también conocido como spec work). Creo que el dueño del restaurante griego sería un buen entrenador personalizado, ¿no?

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Cine colombiano: no volverás a ser el mismo

pelicula el abrazo de la serpiente

El actor Nibio Torres interpreta al joven Karamakate, chamán y último miembro de su comunidad.

No había tenido la oportunidad de ver la comentada película del director colombiano Ciro Guerra, El abrazo de la serpiente. Por esta razón esta columna llega con algo de retraso, más de seis meses después de su estreno.

Debo decir que desde hace mucho tiempo he vivido con el desasosiego de ir a las salas de cine a ver películas colombianas. De hecho, tenía la idea de que desde 1993 no habíamos tenido ninguna otra película que superara en originalidad, actuación y guión a La estrategia del caracol de Sergio Cabrera.

Películas como La historia del baúl rosado, Satanás y Los viajes del viento empezaron a cambiar poco a poco el panorama, pero siempre quedaba la desazón de que o el cine colombiano más visto era el de los consabidos 25 de diciembre o que las buenas producciones no se proyectan en el país.

Tenía altas expectativas con El abrazo de la serpiente, pero al verla me di cuenta de que eran insignificantes frente al monstruo que creó su director, Ciro Guerra. Se trata de dos viajes en dos tiempos distintos, pero en el mismo lugar y con el mismo protagonista. La historia está inspirada en los cuadernos de los expedicionarios Theodor Koch-Grünberg (Alemania, 1872 – Río Branco, 1924) y Richard Evan Schultes (Estados Unidos, 1915 – 2001), cuyas investigaciones científicas en la Amazonía se registraron tanto en diarios de viajes como en obras de más largo aliento y de carácter académico. Sin embargo, es la historia de Karamakate, un solitario chamán del Amazonas, la que nos lleva a comprender la búsqueda interior que hace cada uno de los personajes de la película.

A pesar de que el motivo del viaje pueda parecer para muchos un recurso literario gastado porque conduce a la inevitable transformación de los protagonistas, en El abrazo de la serpiente es un elemento que forma parte de una construcción mucho más compleja. La película se enfoca no solo en ese motivo, sino también en la relación de los hombres con la naturaleza, en las secuelas de la explotación cauchera, en la soledad y en la desesperanza de perder lo que alguna vez se tuvo: el conocimiento, la familia o las tradiciones.

Uno de los elementos más llamativo de la película es el cuidado con que fue llevada a cabo en todos sus niveles: el guión, los actores, las locaciones, la solidez y profundidad del argumento y la dificultad de juntar todo y crear una historia bien narrada, sin pretensiones de ser más de lo que es (que es mucho). La elección de rodar la película en 35 mm y en blanco y negro es una apuesta estética que pareciera incoherente frente a la riqueza de la selva amazónica. Lo curioso de esto es que fuerza a los espectadores a proponer sus propias estéticas, su paleta de colores personal y de encontrar el protagonismo en algo más que los colores verdes y tierra del entorno.

El abrazo de la serpiente es también una sacudida de la imagen romántica que tenemos de los indígenas como víctimas de la maldad blanca y católica. La perspectiva desde la cual se cuenta la película recupera un aspecto muy importante de la representación de los personajes, que recuerda que todos son igual de humanos, que cometen errores y que actúan según sus intereses, su historia y su forma de ver la vida. No es, por lo tanto, un lamento a la pérdida del “indígena puro” ni de lo malos que han sido los europeos.

Así se evitan las trilladas dicotomías como blanco-explotador vs. indio/defensor de la madre tierra; cultura indígena-sagrada vs. cultura europea-destructora, etc. La exploración de la condición humana es el gran eje temático, enfocado en sentimientos comunes como el miedo, la incertidumbre, los secretos, los sueños o la soledad.

Hay que decir que esta película es una excelente muestra del buen momento que empieza a vivir el cine colombiano y que es el resultado de una excelente combinación: búsqueda de nuevos temas, la superación del narcotráfico como la historia nacional, la ley de cine y el surgimiento de directores curiosos, bien preparados y sobre todo capaces de enfrentarse a retos enormes como este.

Ficha técnica

Título: El abrazo de la serpiente
Guión y dirección: Ciro Guerra
País: Colombia / Argentina
Año: 2015
Duración: 125 minutos