Un dilema

Novelas de Charles Dickens

Imagen tomada de: The life and adventures of Nicholas Nickleby; The adventures of Oliver Twist / by Charles Dickens. London: Chapman and Hall, [1875?]

Situación actual

Escribiendo el segundo capítulo de mi tesis de doctorado.

Ubicación geográfica

Una universidad privada en el “país de las oportunidades”. Entre una biblioteca que nunca cierra y siempre está sucia, una biblioteca hermosa y llena de libros antiguos y otra biblioteca cómoda donde la gente estornuda.

Naturaleza del problema

El problema es complicado y a la vez sencillo. Estoy escribiendo sobre el comercio de los libros en Hispanoamérica en los siglos XVIII y XIX. Encuentro poca información para el segundo siglo (seguro no estoy buscando bien) y siento que mi capítulo está desbalanceado; tengo mucho sobre el siglo XVIII y poco sobre el XIX. De repente, encuentro en alguna página web dos artículos sobre los lugares donde se vendían libros y papeles en Lima en el siglo XIX. Y pienso: “esto es lo que necesito”.

Empiezo a leer y confirmo mi sospecha. Hay datos interesantes, aunque los artículos no parecen haber sido escritos por un investigador experto. No importa. Sus datos son útiles y de pronto me sirven para seguir el rastro que me llevará a mejores investigaciones.

Los artículos están firmados por una persona que denominaré el “señor Ñ”. El señor Ñ habla de libros, de libreros y de otras cosas relacionadas con mi tema. Busco su nombre en Google para saber si hay más trabajos escritos por él o citados por otros autores, pero lo que me encuentro son algunas noticias peruanas de hace alrededor de diez años.

Resulta que (presuntamente) el Señor Ñ, además de escribir artículos sobre la historia de la imprenta y de los libros en Lima, pertenecía a una red de contrabando de documentos antiguos.

Su función: escabullirse en el Archivo General del Perú, tomar documentos de altísimo valor histórico, y entregárselos a otra persona que los pone en venta en e-Bay por 30 euros (¡30 euros!). La prensa dice que, según lo denunció un informante de la institución, el Señor Ñ cambiaba los números de los folios escritos a lápiz en la esquina superior, para que la extracción no fuera evidente.

Esa es toda la información que logro encontrar del Señor Ñ, que ahora aparece en su Facebook posando cándidamente con sus estudiantes en algún colegio del Perú. No se sabe si lo condenaron, si la investigación continuó o si al menos se inició. Parece ser un episodio de El Proceso, aunque difícilmente creo que él sea un Joseph K.

El dilema

La información que el Señor Ñ provee en sus artículos es bastante útil. Estos dos valores me hacen pensar que no debería tener problema en citarlo en mi tesis. Sin embargo, después pienso: este señor (presuntamente) ha robado documentos invaluables para la cultura, el patrimonio y la historia. ¿Por qué no podría (presuntamente) haber robado también estas ideas de alguien más?

¿Debería yo darle crédito al Señor Ñ por sus “aportes” a la historia, cuando por otro lado (presuntamente) le ha hecho un daño de tal magnitud a la cultura? Como decimos en Colombia: este señor parece “borrar con el codo, lo que hizo con la mano”.

Recuerdo haber estado en discusiones de índole más o menos parecida, en las que se hablaba de qué tan importante es lo que haga una persona en su vida privada, para la consideración de su trabajo profesional. En términos generales, creería que los problemas legales de Woody Allen no deberían intervenir en la revisión de su trabajo como escritor y director cinematográfico. Sin embargo, creo que en el caso del “señor Ñ” se imbrican dos situaciones que tienen una misma naturaleza: la historia, la cultura y el patrimonio de un país.

Dado que tengo el privilegio de estar en un lugar en el cual comparto mesa y tiempo con otros investigadores, pensé en preguntarle al más experimentado de ellos: alguien que seguramente ya se había enfrentado con este y otro tipo de dilemas similares.

El profesor W retrasa su salida de un evento para escucharme. Le cuento la historia y el dilema y él me aconseja. Me dice: “los (presuntos) problemas legales de Ñ no tienen espacio en su tesis. Si los artículos de este señor no son buenos, hágalo notar en su investigación. Pregúntese cuáles son sus referencias, de dónde sacó esos datos. Si no puede responder a esa pregunta, ahí tiene un motivos para hacerle una crítica y dudar de su trabajo. Usted no sabe con certeza si esas acusaciones son reales. No puede tomarlas como hechos”.

También me recuerda, antes de que le comentara de qué época estamos hablando con el “señor Ñ”, que era costumbre de muchos “tomar prestados” documentos de bibliotecas y archivos para usarlos en sus investigaciones, y no devolverlos. Y me cita el ejemplo del bibliográfo chileno que tantas veces he consultado últimamente, José Toribio Medina (1852-1930).

Habla la experiencia.

“Sin embargo, es un problema complejo. Deberemos discutirlo con más profundidad”, me dice mientras se despide. “Es lo primero que se me ocurre, pero pensaré en ello”.

Este es mi dilema.

¿Qué pensarán mis colegas?

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3 comments

  1. Yo pienso que me gusta mucho como escribes y que agradezco que me compartas tus letras del blog, que hasta ahora conozco. De otro lado, según lo indicas, la información del señor Ñ es precisa para tu segundo capítulo, y eso es tentador. Yo creo que no es tan importante fijarse en el proceso que pudo o puede haber enfrentado el señor por el manejo de los documentos; lo importante es que le des la posibilidad a la historia de acomodar, interpretar o redefinir esa valiosa información. Yo, sin duda alguna, lo citaría, incluso me parece que a partir de ahí sería muy interesante pensar y plantear otras discusiones.
    Aprovéchate de la información del señor Ñ, de pronto más adelante sirva para desmantelar alguna red de traficantes de documentos antiguos, o tumbar algunas tesis, o quizá aparezca el señor Ñ para agradecerte por tener en cuenta su trabajo jeje.
    Ahh y en cuanto la cultura, esa cosa (para no extenderme en definiciones jejeje) está en una constante metamorfosis, así que creo que el dilema ético de validar o contribuir a su alteración a través de unos documentos, en estos momentos, en los que requieres escribir la bendita tesis no es tan páactico para ti. Insisto: aprovéchate del señor Ñ.
    Un abrazo,
    Adriana M

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  2. Hola Lina,
    Te ofrezco disculpas por demorar tanto mi respuesta a tu inquietud.
    Lamentablemente el caso que comentas no parece ser algo tan extraño en nuestros contextos académicos. En varias de nuestras universidades, en las academias de historia y en algunas instituciones responsables de preservar nuestro patrimonio, ha sido una práctica común apropiarse de documentos y bienes que deberían estar hoy en archivos históricos, bibliotecas o museos. Por fortuna eso ha cambiado un poco en los últimos años. Aun así, no es secreto que ese tipo de robos o desapariciones extrañas de documentos y objetos se sigue presentando. Incluso, no está de más recordar que otra forma de robo académico que también se convierte en un dilema ético, profesional y académico es la práctica del plagio, algo que cometen constantemente estudiantes y profesores y que es materia de noticias en todas partes del mundo.
    Sobre tu caso específico te diría que estoy totalmente de acuerdo con tu profesor. Tu problema no es el robo reciente de documentos antiguos y si bien se puede pensar que las acusaciones pueden ser verdaderas, a vos no te compete determinar eso. Lo importante es tratar de verificar de alguna forma la información que el señor está consignando en sus artículos y que es de utilidad para tu tesis. Yo creo que deberías seguir tu instinto de sospechar que el tipo es un investigador inexperto y que está aportando datos útiles sólo para el rastreo. Si en un caso extremo tienes que citarlo, debes hacer la salvedad. Pero sería preferible que te dedicaras al rastreo para no tener que citarlo. Si los datos son importantes no es bueno que partan de una mala cita o de una cita dudosa.
    Otra cosa es lo que planteas con respecto a que la vida personal de un autor no debe influir en la interpretación que hagamos de sus productos. Eso en parte podría ser cierto, pues si tuviéramos como principio imbricar las dos cosas, los productos públicos y los actos privados, tendríamos una abrumadora masa de libros, música, obras de arte y un sin fin de cosas que no podríamos haber disfrutado en algún momento, o que no podríamos usar hoy día y que no serían parte de nuestro cuerpo de ideas. De todas formas no tenemos que olvidar que todo autor está situado en un contexto y que sus productos responden de una manera u otra a las preocupaciones y necesidades que el autor o la comunidad en que está inscrito han identificado como importantes.
    Ya para terminar, te cuento que me gustó mucho tu blog. Voy a estar pendiente de leerlo cada vez que publiques una nueva entrada.

    Un abrazo,

    Wilson F.

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