Mes: octubre 2014

De doctores, doctorados y otras cosas de papel

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Imagen tomada de: “The best family physician and household companion” (1889).

He tenido sentimientos encontrados tras leer la columna de Margarita Orozco en el portal web de la Revista Semana. Considero que toca aspectos fundamentales de la situación de los profesionales con posgrado en Colombia, tanto en lo que respecta a los salarios como en las perspectivas y posibilidades que existen para la investigación en universidades y otras instituciones.

Concuerdo con ella en que las acreditaciones se han convertido en una hidra inabarcable, empezando por los puntos que los profesionales deben acumular a punta de artículos, congresos y libros para poder clasificar a una entrevista de trabajo o a un concurso docente en una entidad pública.

Sin embargo creo que Margarita Orozco fue también algo condescendiente con la situación de los “doctores” (que no por tener un diploma de PhD deberían esperar que les llamen así). Por un lado, hay una intención de mostrar a quienes han obtenido un doctorado como víctimas de un sistema absorbente y macabro que los usa y les da poco para desarrollarse como investigadores.

Soy consciente de que quienes dedicamos varios años de nuestra vida a adquirir ese diploma hacemos sacrificios: vivimos con salario de estudiante entre los 18 y los 35 años, reducimos nuestras posibilidades laborales a unas cuantas universidades y en muchos casos ponemos en riesgo nuestras relaciones sentimentales: o la pareja o los libros. Ni hablar, por supuesto, de que las mujeres que quieren ser madres deben esperar hasta haber conseguido un trabajo estable después de más de 15 años de estudio, para empezar a contemplar la posibilidad de traer un hijo al mundo no con un pan, sino con un diploma de su progenitora bajo el brazo.

El hecho de tener un doctorado no nos hace mejores ni peores personas aunque sí nos da otras experiencias de vida. No creo que Colombia goce de un grupo numeroso de personas con doctorado buscando solucionar los problemas del país; por el contrario, veo cómo los títulos universitarios se sobrevaloran socialmente y una persona que tiene su diploma termina muchas veces convirtiéndose en lo que dice en ese pedazo de papel: “Hola, soy Lina, doctora en Historia”; “Mucho gusto, Antonio, Ph.D en Ingeniería biomédica”.

Yo misma muchas veces me sorprendo presentándome así (aunque aún estoy en la carrera por el pedazo de papel) y más ahora que estoy pasando unos meses de investigación en una universidad de Estados Unidos, donde los candidatos a doctorado valen por el asesor que tienen, por cómo están conectados y por los premios y financiaciones que han obtenido.

He tenido la fortuna de contar con grandes maestras/os que me han enseñado muchas cosas importantes para la vida. También me transmitieron su pasión por el conocimiento y la disciplina que se requiere para ser investigadora, además de que me han demostrado que se pueden hacer proyectos interesantes y propositivos cuando existen las ideas, la visión y la voluntad.

Sin embargo también me he topado con la otra cara, la que desprecia a sus colegas y sus trabajos, la que se cree mejor que los demás porque la invitan a dar charlas internacionales, la que cree que lo que está por fuera de la academia es la feria de la mediocridad o la que considera que los estudiantes en este país no tienen futuro.

Sin duda el gobierno debe prestarle más atención a la inversión en educación y hay que plantear un debate más participativo y profundo sobre lo que Colciencias considera investigación en este país, principalmente cuando se plantea bajo la perspectiva de la tecnología y la innovación.

He visto cómo muchos de nosotros renegamos del sistema educativo e investigativo en el país, pero nos unimos a sus filas  apenas nos graduamos. Criticamos las revistas académicas pero nuestras preocupaciones principales giran en torno a publicar en ellas y entre más internacional y prestigiosa, mejor.

Tener un diploma de cualquier grado nos confiere una responsabilidad importante en nuestra sociedad. El reto está en abrir otros espacios (que también pueden estar en las universidades) y arriesgarnos a hacer lo que no nos enseñan en los pregrados, maestrías, doctorados y posdoctorados: dejar de depender tanto de las instituciones y crear otras formas de construir y compartir lo que sabemos.

La solución a los problemas educativos y laborales en Colombia no está solo en manos de las instituciones que, como dice Margarita Orozco, aprovechan el escalafón de sus empleados para la presentación de Power Point y para los formularios ISO. El primer paso es dejar de sentirse un “doctor” solo por haber obtenido un diploma en la universidad.

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