Cómo cuidar los libros a pesar de las críticas

Como cuidar los libros

Así se ven mis libros cuando los transporto en un morral.

Desde 1995, cuando inició mi amistad con Juliana Martínez, he sostenido un vehemente debate con ella sobre la forma de tratar los libros. Ella, en medio de su voracidad lectora, se ha mantenido durante los últimos 19 años en su idea de que son herramientas de trabajo, y que por lo tanto es necesario exprimirlas hasta el cansancio.

Hubo una época en que yo subrayaba los libros con esfero, les hacía grandes señales al margen y los metía en mi maleta sin ninguna consideración. Tuve la fortuna de encontrarme, sin embargo, con Nicolás Vaughan, un ferviente amante de los libros y encuadernador (y músico) autodidacta. Él me enseñó algo que hasta el sol de hoy Juliana no ha logrado comprender: que para que los bordes y las esquinas de los libros no se ensucien, se doblen o se rompan, se pueden introducir en bolsas plásticas, preferiblemente de esas que se sellan al vacío.

Esto evita muchas situaciones incómodas (que son motivo de burlas hacia mi persona por parte de los maltratadores de libros): que se mojen cuando cae una de esas lluvias bogotanas, que se unten del gel antibacterial que se regó por toda la maleta y que las hojas se doblen (¡ay, horror!) porque la sombrilla se metió entre la página 115 y la 116.

Tuve una vez un libro nuevo de Felisberto Hernández que me regaló Astrid, una amiga querida. Fue un descubrimiento literario bello y emocionante. Una vez, un compañero de mi primer trabajo me pidió que le prestara algo bueno para leer. Yo, la ingenua, le presté aquel libro.

Él me decía que estaba disfrutando mucho la lectura y yo me pavoneaba por creer que le hacía un bien a la humanidad al poner en movimiento la buena literatura latinoamericana. Pero todo se vino abajo cuando, después de tres solicitudes, mi compañero decidió devolverme el libro. Estaba maltrecho y sucio, las esquinas ya no estaban en ángulo recto sino redondas y despeinadas y había huellas de que algún café había salpicado las hojas.

Por eso, cada vez que alguien me pedía prestado un libro desde entonces, le solicitaba encarecidamente que mientras no lo estuviera usando lo dejara en su habitáculo, la bolsa de plástico resellable. Así evitaríamos la inminente ruptura de una amistad.

De subrayar a estropear solo hay un paso

Por otro lado, Juliana y yo todavía discutimos sobre la manera como se deben subrayar los libros cuando estos constituyen la razón de ser de nuestras elecciones de vida: la docencia y la investigación en el mundo de las ciencias sociales.

Alguna vez un profesor de Literatura de la Universidad Nacional me dijo algo que se me grabó en la memoria: “No subrayo los libros porque si mis alumnos necesitan fotocopias después, solo van a leer lo que yo señalé durante mi lectura”. Cómo olvidar que en Colombia los libros cuestan entre 5 y 10 almuerzos universitarios y que el segundo nombre del estudiante es “fotocopia” (ya hablaré en alguna otra entrada sobre las fotocopias subrayadas que uno vuelve a subrayar con otro color).

Ahora subrayo los libros con lápiz B2, de mina suave, como pidiéndoles perdón por invadirles su territorio y abusar de los espacios entre cada renglón. Pasé de pintar asteriscos, flechas desesperadas y signos de interrogación, a dejar tímidos circulitos o rayas con la punta afilada del lápiz, con el terror de que algún día tenga que dejar una fotocopia y mis alumnos descubran qué fue lo que subrayé durante mi lectura.

Otro argumento para usar lápiz en vez de esfero (¡dios nos libre del resaltador verde o fucsia!) es conservar esa utópica idea de que algún día volveré a leer un libro y me avergonzaré de mis subrayados de épocas pasadas. ¿Cómo será releer Ana Karenina después de haberla rayado con esfero? Sé que querré tomar el borrador y quitarlos de mi vista para empezar de ceros.

Para la muestra, un rastro dejado en la novela de Tolstoi, en 2012 (a 22 años de edad):

Subrayado de Ana Karenina

Atención al tono existencialista y nadaista de mi subrayado universitario.

Esos subrayados de oraciones densas, existencialistas de los años de la carrera de Literatura se han convertido en subrayados de profesora que piensa: “mm… esta idea es interesante para planteársela a mis alumnos” o bien: “acá está lo que necesito para ese párrafo de la tesis”. No importa que sean libros teóricos sobre historia, el discurso literario o las memorias de una señora rusa cuyo nombre solo pueden pronunciar los de la editorial que la publicaron.

En últimas, aunque sigo subrayando los libros cuidadosamente, creo que cada oración que he marcado en mi vida ha estado pegada al momento histórico en que la leí. Eso sí, lo que no ha cambiado de ninguna manera es la forma como trato los libros, con la salvedad de que ahora ya no son míos sino casi siempre de las bibliotecas.

Ahora no compro tantos por varias razones: el dinero tiene otras prioridades, requiero de espacio para ubicarlos en mi apartamento, de tiempo para sacudirles el polvo y de muchas bolsas resellables para transportarlos de un lugar a otro.

Querida Juliana, la batalla por las esquinas son dobleces y los bordes limpios continúa. Ya veremos cómo cambia la discusión cuando solo tengamos e-books.

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3 comments

  1. Sin verguenza alguna reconozco que amo mis libros de esquinas dobladas y lomos descuardenados, y que el resaltador sigue siendo un elemento infantable en mis escritorio. Además, sigo insistiendo en ganarle la batalla a la tecnología y afortunadamente he encontrado maneras de resaltar y anotar pdfs, ebooks y todo tipo de versiones digitalizadas de los clásicos.
    También, a pesar de que indiscutiblemente me averguenzo un poco con los ingenuos subrayados de la adolescencia y los 20, tambien es cierto que disfruto mucho verlos, recordar quien era yo como lectora a los 16, a las 22, a los 28. Lina se moriría de un ataque cardíaco sólo con ver mi copia de Cien años de soledad, pero a mí me encanta pensarla como una especie de palimpsesto donde reconozco a la lectora que he sido durante ya más de 20 años. ver allí, en distintos colores y jeroglíficos al margen los singos del deslumbramiento intelectual, la cursilería, la confusión, la maravilla pura, es decir, todo aquello que me enseñó a amar los libros. Aunque a veces también por desgracia reconozca qué estaba tomando e incluso comiendo ese día, la experiencia de encontrarme de pronto con mi yo de de hace 20, 10 o 4 años, o de descubrir un viejo número teléfonico anotado al margen y recordar a algún amigo de la universidad de quien ni Facebook ha vuelto a decirnos nada, es una experiencia que valoro pese a su indiscutible carga bacteriana.
    Respecto a mis estudiantes que vayan a la biblioteca y se hagan las fotocopias solitos, o que se busque los documentos pirateados por internet y los lean en sus teléfonos, seguramente, eso es lo que hacen hace ya varios años de todas formas…

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    1. Agrego el comentario que dejó mi mamá, sobre este post y mi respuesta… “Me encanta leer tus libros subrayados ,en ellos te reconozco y veo partes de mi de hace muchos años. Me encantó tu respuesta estoy totalmente de acuerdo con tu punto de vista. Te quiero” Gracias mami, yo también te quiero y juntas derrotaremos la obsesión anti-subrayadora de Lina…

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  2. Debo anotar que ese libro de Ana Karenina es mío. Si lo quisiera volver a leer, me tocaría leer los subrayados de otro, cosa que no me entusiasma tanto!!!…

    Creo en la bondad de cuidar los libros, porque son tesoros que uno msmo ha elegido. Aunque confieso que a veces subrayo, y después me gusta rememorar esos momentos en que lo hice. Tienen parte deuno en el momento histórico en que lo leyó.

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